“Voy a ser tu inodoro”
La crónica del hombre que me hizo pasivo…
En el parqueo del aeropuerto Juan Santamaría, el sol pegaba fuerte, luces amarillas parpadeando como ojos curiosos. Y yo rogaba por esa verga—yo rogaba por esa verga.
Papo había bajado del avión oliendo a vuelo largo, jeans blancos hipertallados sin calzoncillos debajo. La verga se le marcaba gruesa, oscura, capullo suave asomando como promesa. Yo lo esperaba, corazón latiendo fuerte—tras dos años de chats, videochats, confidencias sobre su exilio de Venezuela, su título de abogado que dejó por el porno, y esa promesa muda: “Cuando nos veamos, nos follamos”.
Viktor Rom Venus entró al carro sin decir nada. Cerré puertas, motor ronroneando.
Se bajó el cierre del pantalón—sonido lento, deliberado. La verga saltó libre, pesada, medio dura. Pensaba él: “Este chico… el que me entrevistó en 2017 para Las Malas Palabras, el que me escucha sin juzgar, babea por mí desde entonces. Vamos a ver cuánto aguanta”.
Abrí la boca, lengua primero—separé el pellejo, saboreé sudor rancio, salado, animal. “Papu… dame verga”, susurré chillón. Él gruñó, me agarró la nuca—sin fuerza, guiando. Chupé profundo, saliva chorreando, charco en su regazo. Me miró: “Qué rico chillas”. Preeyaculando, sabor espeso en mi barba. Gemí alto—agudo, desesperado. Él se endureció sin tocarla, solo por mi calor.
Cambiamos: me chupó mi honguito rosado, lento, fascinado. Pero yo ya estaba a punto de explotar—chorros calientes en su boca, cuerpo temblando. Él, excitado por mi orgasmo, se regó rápido: mitad en mi cara, mitad en mi garganta. Nos besamos, traspasando fluidos—semen, saliva, hambre. Pensaba él: “Esto es real. No video. Es mío”.
Una hora ahí, riesgo total—seguridad podía pasar, escándalo. Salimos jadeando, caras pegajosas.
Lo llevé al Colors Oasis. Fans en el lobby, selfies. Me presentó: “Este es Daniel, mi amigo”. Todo mundo lo miraba como dios, y él me tenía de la mano. Diario Extra tenía en portada: “Actor porno en DIARIO EXTRA: ‘Creo en Dios, no soy un demonio’”. 3 mil mujeres, 4 mil hombres. Portada, hype.
Esa noche Puchos Men’s Club estaba que reventaba. Neón verde y morado parpadeando como latidos, humo denso, música retumbando. Entradas agotadas desde semanas—cover 10 mil colones, VIP 15 mil. Público variado: mujeres con tacones altos, hombres hetero curiosos, jóvenes universitarios, ancianos con bastón, todos los estratos mezclados en un mar de sudor y deseo.
Algunos pagaban extra para mamarle la verga—se arrodillaban en el escenario, lengua fuera, mientras él sonreía. Otros, por diez minutos de penetración: lo montaban, lo recibían, gemían alto. Todo en vivo, sin corte.
Alfredo, el dueño del local, había apostado por el potro que todos deseabamos.
Backstage yo lo preparé. Me arrodillé frente a empleados hetero, DJ, strippers. La verga de Viktor apestando a queso rancio. Chupé profundo, lo masturbé con saliva y sudor—lo puse duro como piedra.
Viktor subió al escenario. Luces estroboscópicas, agua salpicando. Bailaba, se quitó todo—verga negra saltando, erecta, glande brillando.
De golpe, toma el micrófono y grita: “¡Que suba Daniel Ulibarri!”.
Subí temblando. Solo dije: “Todos culean… y la puta soy yo”.
Risas, silbidos, aplausos. Él me agarró la nuca, beso profundo—lengua en mi boca, manos apretando culo—frente a cientos. Pensaba: “Lo marco aquí, lo hago mío”.
A las cinco de la mañana, después del show en Puchos, el mundo se había vuelto líquido. Viktor salió de la ducha, piel húmeda, verga todavía medio dura. Me miró: “Esa carita de puto… déjame darte leche”.
Se masturbó lento, seis eyaculaciones acumuladas, y se regó—galón blanco, espeso, caliente—en mi cara, barbilla, ojos. Alfredo, el dueño, miró desde la puerta y sonrió: “Sos suyo”. Yo, pegajoso, temblando, solo dije: “Gracias, Papo”.
Sábado tarde. El sol entraba por la ventana del cuarto, brisa tropical moviendo cortinas. Viktor—Papu—se sentó en la cama, dildos alineados como soldados: chiquito, mediano, grande, gordo. “Hoy te enseño, alumno”, dijo con voz baja, de profesor. “Tu culo es mío para abrir. No hay prisa”.
Yo, desnudo, boca abajo, piernas abiertas. “Sí, profesor…”. Él empezó con el chiquito—lubricante de saliva, dedo primero. Giró, tocó próstata. Gemí alto, chillón. “Respira, bebé”, susurró tierno, besando mi espalda. Pero de repente: “No seas chiñeado… tienes que aprender a tomar verga”.
Voz macho, mano apretando mi nuca. Yo, en vez de asustarme, me puse más duro—verga rosada goteando. Él lo notó: “Mira… te excita cuando soy bruto”.
Balance: tierno otra vez—acarició mi culo, “qué lindo se ve”, dedo suave. Sensual—lengua en mi oreja, “vas a tragarte todo”.
Animal—empujó el mediano, “¡toma, puta!”, dolor pinchante, pero placer subiendo. Gemí: “Más…”. Él se rió: “Escucha cómo chillas”.
Tierno: beso en la nuca, “te cuido”. Sensual: me masturbó lento, “siente cómo se abre”.
Animal: “Abre ese culo, carajo”, metió el grande, empujes rápidos. Yo gritaba, pero él tapó mi boca: “Callado, papi… los machos discretos”.
El balance se rompió. Lo tierno desapareció—quedó sensual puro: saliva lubricante, dedos girando, próstata latiendo. Luego animal: plug metido, vibrando.
Orgasmo prostático—líquido claro saliendo sin tocarme. “¡Nunca vi tanta cantidad!”, gruñó. Lo chupó todo—lengua plana, saboreando. Me escupió en la boca: “Prueba tu leche, puto”.
Nos besamos, traspasando—saliva, semen prostático, hambre.
Sacó el plug. Verga sin lubricante. Me folló espalda al colchón—grité, él tapó mi boca: “Callado…”. Reto: “Siéntate tú. Yo no me muevo. Rebota”.
Costó—dolor al bajar. Pero empecé: lento, luego rápido. Próstata hipersensible, gemidos altos.
Primal: sexo puro, sudor, plap-plap. Se regó dentro—caliente, profundo.
Después del tutorial del sábado—horas de tierno, sensual, animal, hasta que lo tierno se quemó y quedamos solo fuego—, el show nocturno en Puchos fue un éxito brutal. Viktor salió del escenario sudado, verga aún dura, público aplaudiendo. A las dos de la mañana, ya en Colors, se desplomó en la cama: “Mañana nada, Papo. Ni prensa, ni empresarios. Solo nosotros”.
Yo, con el culo latiendo del plug y su semen adentro, le dije: “Te llevo a Manuel Antonio. Playa, hotel gay, infinity pool. Ahí nadie nos molesta”. Él sonrió, ojos brillando de adrenalina: “Vamos”.
No había dormido—dos noches seguidas, shows, inyecciones—, pero parecía nuevo. Le habla hasta una piedra, y ese domingo por la mañana, después de tanta bestia y tanta ternura, me sentía como su fuente de placer.
Yo, que nunca había tenido a alguien tan dominante, tan almando—independiente de su masculinidad—, que suda como si hubiera corrido un maratón y huele a hombre puro. Si no se ducha, amanece hondo, y yo amo mamarlo así, de hondo.
Llegamos a Villa Roca. El administrador lo reconoció al instante: “No hay cuarto gratis esta noche, pero usen lo que quieran”. Yo viajaba a Argentina al día siguiente, así que no importó.
Playa primero: le tomé fotos para sus redes—cuerpo tonificado, sol en la piel oscura, pose de dios. Video solo: se masturbó lento, eyaculó real—yo queriendo meterme, chupar, pero él: “No hoy, chillón. Esto es mío”. Promoción para el hotel: “Vení, Costa Rica… aquí todo pasa”, con su Twitter e Instagram.
En el Infinity Pool había agua turquesa, vista al Pacífico, seis personas alrededor—gay, nudista, XXX total. Tanga blanca mojada, verga negra colgando, más grande que mi cara.
Nadé, salí entre sus piernas. Masajeé su bulto—se puso gordita. “Papo, ocupo verga”. Rogué: “Porfa, papo”. “Pídela bien”.
“Verga, verga, verga… dame verga”. Chupé profundo—lengua separando pellejo, bolas pesadas en mi boca. Él me pegó con la verga: plaf, plaf—en cara, nariz, mejillas. “Pon la cara ahí”.
Un tipo nos miró todo el tiempo, pero nosotros en lo nuestro. Se regó en mi boca—gritó, personaje puro: “¡Ahhh, sí!”, exagerando para que todos supieran. Yo, orgulloso: él presumiendo, excitado real.
“Yo soy macho, Papo. Ocupo culo. Cupo que me des el tuyo hoy”. “Se lo voy a dar… y se lo voy a volver a dar”.
Vestuario: llave puesta. Saliva como lubricante. Me penetró—costó, pero abrió. “Esto va pa’ largo”. Al cuarto: intercambio de fluidos—escupitajos, chupar orejas, axilas, pies.
En un momento: “Tócame por fuera del ano”. Erecto, pensé que eyacularía. Presión leve—chorros de orina saliendo, caliente, encima de mí. Nos besamos—como si acabara de ducharse. Puerco, delicioso.
Desde entonces: más chats, más videos. Me mandó uno reciente—bien puerco, humillándome, confesando cómo me penetró, corroborando todo. “Jajaja sí papi”. Lo subo pronto.
Proyecto suyo: América Latina, promoción hispanohablante. Quiero invertir, pero hasta que firme contrato, no digo nada. Si viene a Costa Rica: bulla, plata, y un par de culiadas. Lo persuado: “Enseñá más el culo en videos”. “Te dejo chupármelo… lo hago bien”.
El sabor no se va. Y algún día él también va a querer esto. Porque es demasiado macho para no probarlo.

