Tus caballos
En los páramos, a la luz de finales de julio, me detuve donde las colinas infinitas partían el cielo y vi el lugar donde primero viste a tus caballos.
Esos restos de un sueño febril, caídos momentáneamente de algún otro planeta.
Pero en ese instante, existieron diez de ellos, megalitos con crines enmarañadas y pezuñas traseras ladeadas; cada uno completamente silencioso, inmóvil en el gélido aire matutino.
Al pasar, el gran sol irrumpió, la oscuridad se abrió y te mostró sus fuegos.
Pero tus caballos permanecieron: pacientes y grises, como estatuas a la luz del hierro, perdurando en el horizonte.
En las calles abarrotadas e inventadas, entre el mar de rostros admirativos, los escándalos, los elogios.
¿Alguna vez volviste a encontrar un lugar tan tranquilo?
¿O seguís fuera, deslizándote por las colinas, escondiéndote en árboles, tumbado en brezos, peinando páramos áridos, todavía buscando?