Tus caballos

En los páramos, a la luz de finales de julio, me detuve donde las colinas infinitas partían el cielo y vi el lugar donde primero viste a tus caballos.

Esos restos de un sueño febril, caídos momentáneamente de algún otro planeta.

Pero en ese instante, existieron diez de ellos, megalitos con crines enmarañadas y pezuñas traseras ladeadas; cada uno completamente silencioso, inmóvil en el gélido aire matutino.

Al pasar, el gran sol irrumpió, la oscuridad se abrió y te mostró sus fuegos.

Pero tus caballos permanecieron: pacientes y grises, como estatuas a la luz del hierro, perdurando en el horizonte.

En las calles abarrotadas e inventadas, entre el mar de rostros admirativos, los escándalos, los elogios.

¿Alguna vez volviste a encontrar un lugar tan tranquilo?

¿O seguís fuera, deslizándote por las colinas, escondiéndote en árboles, tumbado en brezos, peinando páramos áridos, todavía buscando?

Daniel Ulibarri

Amante del humo, la gasolina, los químicos y preservantes. Quienes abriguen escrúpulos de moralina, se encierren en sus 'tiquismiquis' de conciencia y provincialismos santurrones, favor dejen de lado estos renglones ahora mismo.

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