Berrinche

El fuego enciende recuerdos con método y locura.

Esta vida embotada, magia ruidosa, deprimente y devastada.

Lo que se puede extraer de mis cenizas es intencional.

Convalezco en el papel y plasmo el desorden mental calculado.

Soy poderoso y desobediente ante el escrutinio esperado.

Incomprendido, sobreexpuesto e ignorado.

Berrinches, criaturas indefensas empaladas en mi mente desconfiada.

Flagrantes prejuicios críticos, mis gritos se extienden y avanzan,

mis ansiedades son reales e imaginarias,

las luchas opacas ante los sistemas sociales.

Pocos saben que la destrucción está llena de oportunidades.

Empezar de nuevo, reescribir, volver a destruir

Rasgar el papel es tan inextricable al proceso como sentarse en la cama,

donde escribo y me masturbo con la furia del bolígrafo crudo y frustrado.

Soy Géminis, nacido el 27 de mayo de 1981 —un signo que me condena a la doble vida desde que salí del vientre. Dos caras: una que sonríe en cámara, que baila merengue, que dice “soy feliz”; otra que se queda en la cama, rasgando papel, mirando la pared, esperando que el flashback no venga.

La fecha de nacimiento no es solo un número —es el inicio de la división.

Géminis: el gemelo bueno y el malo, el que habla y el que calla, el que se exhibe y el que se esconde. Mi vida entera ha sido eso: una mitad en el spot, la otra en la sombra.

Fernando, mi hermano mayor, ya tenía un año y nueve meses cuando llegué.

Nos llevábamos bien, pero nunca fuimos cercanos. Él era serio, metódico, ordenado. Yo era un niño que hablaba solo, que inventaba historias en la cabeza, que se quedaba mirando las nubes como si fueran mapas.

Mi primer recuerdo sellado: tenía cuatro años. Estaba bajándome de un taxi en San José con mi mamá. Ella se encontró con una conocida en la calle. La mujer preguntó: “¿Es tu hijo chiquito?”.

Mi mamá dijo: “Sí, tiene cuatro años”. Y ahí, en ese instante, entendí que tenía cuatro años. No fue un pensamiento profundo. Solo una luz que se encendió: “Ah, soy yo, y tengo edad”. Nada más.

Mi papá, Eduardo Ulibarri, era una figura ausente. Trabajaba muchísimo. Su puesto en el periódico era importante: editor, jefe de sección, el tipo que decidía qué salía en portada.

Mi mamá, Rocío Fernández, no era ama de casa. Trabajaba también. No la recuerdo llorando ni gritando. Solo haciendo lo que había que hacer: llevarnos al colegio, cocinar, pagar cuentas. Era práctica, pero sumamente creativa. Sentimental y brillante.

A los seis, mis papás decidieron que Costa Rica no era suficiente, puesto que mi padre había recibido una beca a The Newman Fellowship de Harvard.

Me metieron en un avión rumbo a Boston.

El ruido de los motores me dejó los oídos zumbando. Fernando se quedó conmigo todo el vuelo, agarrándome la mano como si yo fuera a desaparecer.

Allá aprendí a leer en inglés antes que español: “cat”, “dog”, “house”, “CUNT” —lo último lo oí en el recreo y lo repetí en casa.

Mi mamá me miró: “¿Qué dijiste?”. Yo: “Nada”. Y me callé.

Boston fue un paraíso. Fernando y yo íbamos a la misma escuela. Él se adaptó rápido. Yo más.

Regresamos de Boston cuando tenía casi nueve. No fue un regreso: fue un aterrizaje forzoso. Yo me sentía como un extraterrestre que volvía a su planeta equivocado.

San José me recibió con un calor pegajoso y un cielo gris que no parecía de verdad. El aeropuerto era un edificio chiquito, con ventiladores que zumbaban como mosquitos.

Me transfirieron a una escuela elitista, de esas donde los niños llegan en carro con chofer y los papás firman cheques sin pestañear.

Los profesores eran insolentes, con voz de locutor de radio vieja.

Las notas se me cayeron como si alguien hubiera cortado los cables.

Mis papás se preocuparon. Mi mamá me preguntaba: “¿Qué te pasa?”. Yo decía: “Nada”.

Mi papá, que nunca hablaba de sentimientos, solo dijo: “Tenés que esforzarte”. Un día me llevaron a un psiquiatra. Un hombre escuálido, con gafas gruesas, en un consultorio que olía a cloro.

Me hizo una prueba de IQ: bloques de madera, rompecabezas, preguntas que sonaban a chiste. Al final dijo: “Inteligencia normal superior. Ciento veintiocho puntos”.

Mis papás se miraron como si hubieran ganado la lotería.

Yo pensé: “Entonces ¿por qué me siento tan idiota?”.

No era el IQ. Era el país.

Costa Rica en mil novecientos noventa era un lugar subdesarrollado, en quiebra, con inflación que subía como fiebre.

Yo venía de Boston: trenes subterráneos, supermercados con cincuenta marcas de cereal, calles iluminadas toda la noche. Aquí todo era lento, oscuro, pequeño. Y yo diminuto.

Yo solo quería desaparecer. O gritar. O ser alguien más. Pero por ahora, solo callaba. Porque callar era lo único que me quedaba.

"Voy a ser siempre como quiero"

Un domingo de 1990, cuando tenía ocho años. Estaba solo en casa, en San José, Costa Rica, y como siempre, prendí la televisión para ver el programa musical mexicano que pasaba cada domingo. De repente salió Gloria Trevi: pelo enredado, cara pintada de lágrimas, cantando “Mañana”.

Fue la única canción que transmitieron en Costa Rica de ella, pero me enamoré al instante. Me quedé pegado. Poco después llegó su segundo disco, Tu Ángel de la Guarda, y lo devoré entero: “Pelo Suelto”, “Agárrate”, “Virgen de las Vírgenes”, “Hoy Me Iré de Casa”…

Me convertí en un devoto total, hasta la fecha. Lo que no sabía era que el destino me llevaría a conocerla en persona de una forma muy íntima y muy especial.

Desde ese momento, empecé a coleccionar todo: casetes piratas, revistas de farándula, fotos recortadas de El Periódico. Guardaba los VHS con sus conciertos, los veía en loop hasta que se rayaban.

Esa noche no dormí. Al día siguiente le dije a Fernando: “Voy a ser como ella”. Él se rió: “Vos no podés ser mujer”. Yo le contesté: “No quiero ser mujer. Quiero ser libre”.

Tenía diez años. Mediados de año, vacaciones de mitad de año. Mis papás anunciaron: “Vamos a España”.

Pero Fernando y yo no íbamos. “Los dejamos con Rogelio”, decidieron mis padres, como si fuera lo más normal del mundo.

Rogelio: el único hermano de mi papá, el mayor, cubano exiliado como él, pero que se había mudado a Florida después del triunfo de la Revolución. Vivía en West Palm Beach con su esposa y sus dos hijos —uno de quince, otro de catorce—. “Va a ser divertido”, nos dijo mi papá.

Llegamos en un vuelo de American Airlines. El aeropuerto de Miami era enorme, con luces que parecían estrellas falsas. La casa era de bloques blancos, jardín con palmeras, olor a cloro y a sudor. Mis papás se fueron al día siguiente. Nos dijeron: “Portense bien”. Y se fueron.

No recuerdo el acto. No recuerdo el dolor en el momento.

Alguien me abusó y no recuerdo...

Solo desperté al día siguiente con el calzoncito pegajoso de sangre. El culo me ardía como si me hubieran metido fuego. Tenía ganas de cagar hacia adentro, como si el cuerpo quisiera expulsar un veneno que no salía. Pensé: “Estoy enfermo. Me voy a morir

No le dije a nadie. Ni a Fernando. Ni a los primos. Solo me quedé en la cama, mirando el techo, sintiendo que algo se me había roto por dentro.

Al día siguiente Rogelio entró. Me miró, sonrió como si nada. Dijo: “Hoy los llevo a "Toys R' Us. Fernando y yo nos subimos al carro. Una hora. Dos. No llegábamos. Yo me sentía mareado, con el estómago revuelto.

Rogelio paró frente a una iglesia. Me bajó. Me empujó al confesionario.

El cura —un hombre viejo, aliento rancio y voz suave— me preguntó: “¿Qué hiciste?”. Yo, ateo desde los seis, le mentí: “Nada”.

No tenía palabras para lo que me habían hecho. No sabía ni qué confesar. Salí temblando, con sangre seca en la tela, y Rogelio me miró como si hubiera cumplido una tarea.

Nunca le conté a nadie. Ni cuando mis papás volvieron. Ni en el avión de regreso. Ni en San José. Me guardé el secreto como si fuera una bomba que podía explotar si la tocaba.

Y así empezó: un niño de diez que ya no era niño.

Que sonreía por fuera. Que calló por más de tres décadas.

Que se inventaba historias en la cabeza para no sentir. Que escuchaba a Gloria Trevi y pensaba: “Algún día voy a gritar como ella”.

Pero por ahora, solo callaba. Porque callar era lo único que me quedaba.

Volvimos de West Palm Beach. El avión de regreso olía a desinfectante y a miedo.

En San José, el cuerpo empezó a traicionarme de verdad. No era solo el alma. Era físico. Me sentía débil. Me mareaba al subir escaleras. Me salían moretones sin razón.

Mi mamá me miró un día en la cocina: “Estás pálido”.

Me llevó al doctor. Análisis de sangre: anemia severa. Hierro bajo, hemoglobina en el suelo.

El pediatra dijo: “Es estrés. O mala alimentación”. Yo sabía que no. Era el cuerpo gritando lo que la boca no podía.

Me recetaron pastillas de hierro que me dejaban la lengua negra. Tomaba tres al día, con jugo de naranja. No mejoraba. Me sentía como un globo pinchado: vacío, flotando, a punto de reventar.

A los doce me llevaron a una psicóloga. Una mujer de pelo corto, voz suave, consultorio en Barrio Escalante con paredes de madera clara.

La depresión llegó como niebla. No era tristeza de película. Era nada. Me levantaba, iba al colegio, comía, volvía, me acostaba. No lloraba. No gritaba. Solo existía.

A los trece me llevaron al psiquiatra. Otro hombre, esta vez con bigote y bata blanca. Me preguntó: “¿Te sentís triste?”. Yo: “No”. “¿Te sentís vacío?”. Yo: “A veces”. Me recetó antidepresivos. Pastillas pequeñas, blancas, que me dejaban la boca seca.

Tomaba una por la mañana. Al principio no cambiaba nada. Después, poco a poco, el vacío se volvió gris en vez de negro. No era felicidad. Era tolerancia.

Gloria Trevi seguía siendo mi salvavidas. Ponía Más turbada que nunca en el walkman. “Chica Embarazada”. “A La Madre”.

Pero el dolor no se iba. Cada vez que me sentaba, sentía el fantasma del ardor. Cada vez que me cambiaba, veía la cicatriz invisible. No había sangre, pero la sentía. No había moretones, pero los tenía.

Yo solo quería desaparecer. O gritar. O ser alguien más. Pero por ahora, tomaba pastillas, iba al colegio, sonreía cuando tocaba. Y en la noche, cuando todo el mundo dormía, me ponía los audífonos y escuchaba a Gloria.

Porque si no gritaba por fuera, al menos gritaba por dentro.

A finales de 1998, el clóset se rompe. Tenía diecisiete años, casi dieciocho. El mundo se sentía como un traje que me quedaba chico: apretado en el pecho, corto en las piernas. Ya no era solo el cuerpo.

Me gradué del colegio en 1998, a los 17. En diciembre salí del clóset con Leyla y Carmen Gloria —mis mejores amigas chilenas, que me sacaron la verdad sin drama. Luego a mi hermano y su respuesta: “No me extraña”. Y al “mejor amigo” Diego Van Der Laat, un cobarde que me decepcionó. No hubo más amistad.

Sin embargo, tras decirle a mis papás por primera vez, sentí que el aire entraba sin doler.

Fue como abrir una puerta y que el viento te tumbe.

Quería navegar esto: conocer a alguien gay, de mi edad. Fui con una amiga lesbiana a La Avispa —mi primera discoteca gay—. Ahí besé a Eric, un año mayor que yo. Fue breve, sano: primer beso de verdad, algún encuentro oral voluntario, sin presiones. Nada serio, pero limpio —él no me manipulaba, no había diferencia de edad, no había control. Solo curiosidad y cariño mutuo.

En 1999 entré a la universidad y empecé a trabajar. Julio 2000, a penas cumplidos los 18, conocí a Roig Brenes Pochet en Deja Vu. Se hizo pasar por 26 —tenía 30—. Criticó mi camisa de John Lennon: “Es un falso”. Yo: “No me consta, está muerto. Y vos deberías separar el arte del artista”.

Hablamos hasta las 2 a.m. En casa de una amiga, solos: se sacó el pene. “¿Probaste uno?”. Antes de responder ya me estaba forzando a meterla entre mis labios. Tardó dos horas, eyaculó sin avisar en mi boca.

Yo estaba entre ahogado, impactado y emocionado. Me pidió mi teléfono. Al ver mi apellido, sonrió. Le gustaba mi apellido y lo que fuera que asociara con él en su mente enferma.

Me dijo que quería que fueramos exclusivos, pero primero tenía que terminarle a su novio Jose Andrés.

Estoy con alguien. Primero termino con él, soy ético”. No hay palabras para su descaro.

Nuestra relación duró 10 meses. Yo 18, él 30. Poder desigual: decidía ropa, salidas, amigos. Me aislaba. Me humillaba.

Un fin de semana dormí en su casa. Me desperté temprano, aburrido. Revisé cassettes —Betamax. Puse uno: pornografía gay con preadolescentes. Niños tocándose, menos de 14. Lo apagué en segundos. Lo confronté:

- “¿Qué putas es esto?”.

-“Es de otro”. “

-"De otro pedófilo?”.

Fricciones crecieron. No seguía sus reglas. Sus amigos tontos, superficiales —me daban asco.

Y algo curioso: a nivel sexual y biológico Roig tenía problemas para eyacular —en cientos de encuentros, quizás se regó cuatro veces.

Yo eyaculaba seis veces en dos horas —mi cuerpo adolescente, él sabía cómo.

Pero cuando me puse de “tú a tú” y le hice ver todas sus posturas y conductas ilegales, me pegó duro en el estómago. Escupí sangre. Llamó a su amiga doctora —no a un hospital.

Humillación total.

A la semana, noté una reacción en genitales. Clamidia y piojos púbicos. Él me había dado vueltas —sin condón, aunque yo lo penetraba más, insistió en penetrarme. Confiaba en su “fidelidad”.

Karina Solís (Rikitiki) me acompañó a exámenes. Lo único: clamidia y piojos. Crema que se trasladó al pene —quemazón brutal. Domingo 11 p.m., clínica católica: reacción alérgica.

El rostro de la pedofilia

Roig Brenes Pochet terminó la relación: “Actuás altanero, te creés maduro”. Lo interpreté como “te pongo viejo para mí”. Sus parejas: siempre 17-18. Tendencias pedófilas —parecían menores. Ahora, con 57, resulta que recientemente tuvo que cerrar su “asociación para jóvenes LGBTQ 15-25 sin hogar” llamada CASA RARA.

El grupo exacto que busca.

La ruptura fue fría: él me bloqueó, me borró de su vida. Yo quedé con clamidia, piojos, quemazón en el pene, sangre en la boca y la certeza de que me había usado como trofeo. Seis meses después supe la extensión: todos sabían, nadie dijo nada.

Fue tóxico: manipulación, abuso físico/emocional, exposición a enfermedades. Me dejó vacío, dudando de mí. Pero salí.

Empecé a hacer catarsis con mis poemas: sonetos que hablaban de máscaras, de palacios en ruinas, de escarabajos que entraban sin permiso. “El palacio de mi memoria” fue el primero que sentí mío de verdad —un castillo derruido donde la infancia jugaba con juguetes quebrados, donde la luna filtraba lamentos. No era bonito; era crudo, como si el trauma se hubiera convertido en tinta.

Luego “Calladamente”: un susurro que se apaga. “Calladamente te quiero… así me voy a morir”. No era amor romántico —era el amor que no se dice, que se lleva adentro hasta el final.

Y los otros: “Bello imposible”, donde la belleza es un espejismo, una trampa que nos obliga a posar; “Los caballos en los páramos”, donde el silencio es el único lugar que queda; “La nuestra no es una cultura reflexiva”, un puñetazo a la hipocresía de decidir sin mirar los cerros.

Escribir no curó nada. No borró el abuso, no borró a Roig. Pero me dio voz: “Convalezco en el papel y plasmo el desorden mental calculado”. Era poder. Era desobedecer al escrutinio.

Los poemas se volvieron mi legado privado —no para publicar, sino para respirar. Porque si no los escribía, el palacio se derrumbaba del todo.

Empecé en Teletica a finales de 2004, en el departamento de Imagen y Publicidad. Mi jefa era Gabriela Alfaro —una mujer corrupta, sin calificación, que se robó el crédito de producir Miss Costa Rica 2005, mi trabajo.

En enero 2005, Zayda Jiménez de programación me busca: “Me encantan tus anuncios, sos creativo. Llevamos años queriendo un programa de 5 a 6 p.m. que le dé pelea a A Todo Dar de Repretel”. Me pide una propuesta para adolescentes, producción local.

Se me ocurre Estéreo: “De lo fuerte a lo suave y todo lo que está en medio”. Música joven que se escucha y se mira —porque YouTube ni existía. Secciones: Stereo Rock, Pop, Flow, Electro, Tico, Conteo Stereo. Conseguí patrocinadores, contactos con disqueras, hice el piloto.

Pero Gabriela interfiere. Me obliga a poner a Sönke Peters —amigo de Roig, ex de 30 años—. Llamo a Sönke, grabo casting. Terrible: acartonado, sin carisma. Le digo a Gabriela: “Es malo”. Ella acepta.

Llamo a agencia de modelos: 14 hombres, 26 mujeres. Nadie lee teleprompter. Yo no lo necesitaba —escribía guiones. Piloto urgente: “Me echo yo”. Soy productor, creador, guionista, editor colaborativo.

Le di mi piloto a Zayda: “Lleválo a ejecutivos: René Picado, Jorge Garro, Mario”.

Quince minutos después: “Aprobado. Estreno 10 octubre. Vos sos el presentador. No más castings”.

Yo no era “bonito” ni “guapo” —Teletica contrataba por relaciones o físico. Yo tenía conocimiento: radio, música, Monitech para conteo real (no corrupto).

Gorda y Demacrada

Puto de yates

Pero problemas: Gabriela y David Cerdas —novio mío de enero a mayo 2005. Guapo, sí, pero al mes y medio: “Cambiate de ropa, hacé ejercicio, gym”. Competitivo: él medio tiempo, yo full, campañas grandes. Se entera de que yo sería la cara de mi programa, entonces convenció a Gabriela de darle una sección de 2 min sobre programación de Teletica. Zayda lo clausura. Sus sueños de pantalla cancelados.

Oferta de Telenoticias:

Pilar Cisneros e Ignacio Santos me quieren para gráficos, logos, tercios inferiores. Saben que Gabriela es incompetente, mezquina, tonta —no escribe “semáforo” (pregunta si con Z o C; yo: “S”). Tengo 24, ella 40.

Les escribo carta: “Gracias, pero no. Priorizo Estéreo —producción nacional, hora y media lunes-viernes, pelea a A Todo Dar. Es mi bebé”. Menciono: Gabriela es ignorante, sin liderazgo.

David roba carta de mi PC, se la da a Gabriela. Ella lee, ego herido. Va con amante Jorge Garro (amigo de René Picado, quien le dio puesto sin merecerlo). Me confronta. Yo: “Todo cierto, hay más. Stereo no es tuyo. Me paso a mercadeo real, segundo piso, dos pasantes, generamos plata”.

Su ego explota: interfiere todo. Insiste en Tamela como copresentadora —perdía cientos de miles colones/semana. No lee teleprompter, 20 tomas. Yo no lo usaba —escribía guiones.

Caos. Despido en diciembre 2005 —programa con mes y pico al aire.

Entonces me dedico a Rikitiki y Merendeque.

Después del despido de Teletica —diciembre 2005—, me quedé sin trabajo, sin estructura, sin nada. Tenía 24 años, un ego magullado y una rabia que no sabía dónde poner. Así que decidí hacer lo que nadie esperaba: lanzar a Rikitiki & Merendeque.

Ahí empecé a editar videos de verdad —cámara propia, software pirata. Era el inicio de lo que después sería OnlyFans, pero sin sexo aún. Solo exhibicionismo puro: yo, el cuerpo, la risa, el dolor disfrazado de chiste.

Rikitiki me salvó. No curó, pero me dio aire. Cuando el palacio se derrumbaba, bailaba merengue en ruinas.

En 2006, con 25 años, me fui a UCLA en Los Ángeles. No fue escape —fue plan. Después de Riki, quise algo “serio”: artes dramáticas y cinematografía. Me quedé hasta 2010.

Pero esta vez no era niño. Para los 26, con trauma acumulado, depresión diagnosticada, y un cuerpo que ya había sido usado. Me matriculé en cursos de producción, guion, edición —quería hacer algo serio, algo que no fuera “el chico de la tele” o “el bloguero ridículo”.

Estudié: método Stanislavski, cámara 16mm, montaje.

Años después, en 2008, ya con 26 años, vivía en Los Ángeles. Trabajaba en lo que podía para pagar el alquiler, pero cada vez que salía la promo de Más Vale Tarde en Telemundo, me quedaba pegado. Era un programa que se transmitía los jueves a las once y media de la noche, y esa semana anunciaban a Gloria Trevi como invitada especial. Ella estaba promocionando su gira Una Rosa Blu y, además, era la víspera de su cumpleaños —el 15 de febrero—.

Yo me apunté como fan, y el día de la grabación —un miércoles 13 de febrero— llegué temprano al estudio en Universal CityWalk, Hollywood. Había varios nombres de fans en una pecera. Gloria, entre risas, sacó uno al azar… y fue el mío. “¡Daniel Ulibarri!”, leyó Alex Cambert, el conductor. Subí al escenario sin nervios, con mi camisa formal y el corazón a mil.

El segmento se llamaba “Quién sabe más de Gloria Trevi”. Alex me dio un lolipop con la cara de ella y empezó las preguntas: “¿En qué año salió su primer álbum?”. “1989, Qué Hago Aquí?, por BMG Ariola, diez canciones —ocho suyas, dos covers—”. Gloria aplaudió boquiabierta. “¿En qué trabajaba antes?”. “En un puesto de comida, chicharrón y quesadillas”. Ella bromeó: “¡Qué rico!”. “¿De qué tiene miedo?”. “Cucarachas”. “¿Apodo de niña?”. “India Trevi, por los moños”. Cada respuesta la dejó flipando; me llamó “genio” y “Rainman”.

Gané un CD autografiado de Una Rosa Blu—con mi nombre escrito a mano— y dos entradas para su concierto del 15 de febrero en el Gibson Amphitheatre, el arranque de la gira.

Tras bambalinas, hubo un corte técnico —no se vio en el video—. Charlamos en un sofá, la abracé y ella me dijo que era increíble cuánto sabía. Le dije a Gloria: "Estoy vivo gracias a vos." Ella soltó un llanto conmovedor y yo le agarré la mano y le dije: "Estripámela tan duro como el dolor que sentís...". y eso nos hizo llorar a ambos. Una conexión predestinada.

En 2012, de regreso en Costa Rica, con el diploma de UCLA colgando como un trofeo vacío, el dinero escaseaba y el piloto automático ya me tenía.

Me metí directo a Repretel. No porque me quisieran tanto, sino porque era el único lugar donde todavía me conocían. Empecé en 4 Music —el programa de videos musicales que nadie veía, pero que tenía buena audiencia en la tarde—.

Yo conducía con una sonrisa fija, ponía reggaetón, hacía chistes malos sobre Pitbull y Daddy Yankee. La gente decía: “Daniel volvió, qué bueno”. Yo me sentía como un muñeco de feria: luces, cámara, acción, pero por dentro vacío.

Después me pasaron a Foro 4. Ahí ya no era solo cara bonita. Era conductor, entrevistador, moderador. Traía invitados: políticos que hablaban de corrupción, artistas que se ponían nerviosos, gente común que lloraba en vivo. Yo los escuchaba, les hacía preguntas duras, y al final les daba un abrazo.

En dos mil doce me llamaron para La Pensión —la serie de televisión que nadie esperaba que fuera buena—. Yo era un personaje secundario: un tipo simpático, cubano, que trabajaba como imitador y era el sobrino de don Pedro.

Y luego vino El Proyeccionista. 2014. Cortometraje. Lo mandamos al Costa Rica International Film Festival.

Gané mejor actor. Subí al escenario con un traje que me quedaba grande, la medalla en la mano, y dije: “Gracias. Esto es para todos los que alguna vez se sintieron rotos y siguieron caminando”.

Aplausos. Sonrisas. Fotos. Pero cuando bajé, me fui solo al baño y me miré en el espejo: ojos rojos, sonrisa falsa. El premio era lindo. Pero no borraba nada.

Despertar sexual

Viktor Rom no fue un “encuentro casual”. Fue una saga y una escuela en aceptar mi vulnerabilidad sexual como hombre sin vergüenza ni miedos.

Fueron dos capítulos separados por años, pero ambos igual de crudos, igual de intensos, igual de míos.

Primero: dos mil diecinueve. Yo tenía treinta y ocho. Él estaba de gira en Costa Rica —“trabajo”, decía, pero todos sabíamos que era porno—. Me escribió por X: “Llegando a SJO. ¿Me recogés?”. Yo, que ya no decía que no a nada, fui.

Lo esperé en el aeropuerto. Llegó con una maleta pequeña, gafas de sol, camiseta negra ajustada. Me vio y sonrió: “Pura vida, papi”. Lo subí al carro.

Después: al hotel. Un hotel gay en Rohrmoser. “Nos vemos luego”, dijo. Yo: “Claro”.

Esa noche y la siguiente subió al escenario —bailando, quitándose la ropa, dejando que todos lo tocaran—. Yo lo miré desde abajo, con una cerveza en la mano, pensando: “Ese tipo acaba de correrme adentro”.

Después del show, lo llevé al hotel. No hablamos. Solo sexo. Rápido. Sucio.

Domingo: Manuel Antonio. Lo recogí temprano. Carretera larga, calor, música de reggaetón. Llegamos a un hotelito frente al mar. Cuarto con balcón, cama grande, vista a la playa. Ahí empezó el maratón.

Pervertido. Morboso. Primero me chupó en la ducha, agua caliente corriendo, yo agarrado del grifo. Después me puso contra la pared del balcón —puerta abierta, viento salado—, me abrió el culo con saliva y me entró mientras yo miraba las olas.

Me folló tres veces: una de pie, una en la cama, una en el piso. Me hizo gritar. Me hizo suplicar. Al final se vino dentro, yo encima de él, temblando.

No hablamos de amor. No hablamos de nada. Solo: “Nos vemos”. Y se fue.

Segundo capítulo: dos mil veintidós. Yo tenía cuarenta y uno. Había aprendido. No solo a recibir. A dominar.

Nos vimos en San José. Motel de siempre. Él llegó con la misma sonrisa. Yo ya no era el chico que se dejaba usar.

Me desnudé primero. Lo besé. Lo bajé. Lo chupé hasta que se puso duro como piedra. Después me senté encima. Monté su verga —lenta, controlada—. Usé los músculos del culo: abrir, cerrar, apretar, soltar. Como un puño vivo.

Él me miró sorprendido. “Puta madre, qué técnica”. Yo no dije nada. Solo seguí. Lo llevé al borde. Lo hice gemir. Lo hice temblar. Sin tocarlo. Sin que él se tocara. Solo mi culo, mi ritmo, mi poder.

Se vino dentro. Sin manos. Sin nada. Solo por mí.

Después se quedó quieto. Respirando. Me miró: “Sos un monstruo”. Yo sonreí. “Aprendí”.

No hubo más. No hubo promesas. Solo dos noches, años aparte, donde yo dejé de ser víctima. Donde yo decidí: “Si me follan, que sea porque yo quiero”.

Y así sigo. Sin cobrar. Sin pagar. Solo existiendo.

Nunca he lucrado con esto. Nunca cobré un peso. Nunca pagué por un polvo. Ni en OnlyFans, ni en ningún sitio. No soy escort, no soy modelo, no soy estrella porno. Solo soy yo, con la cámara encendida, sin inhibiciones, sin vergüenza, porque a estas alturas todo me vale un culo.

El primero fue con Anders. Un alemán alto, rubio, ojos azules como agua de piscina, que llegó a Monteverde de mochila y sonrisa. Nos conocimos en un bar de la zona: él hablaba inglés con acento pesado, yo le contestaba en español mezclado. Terminamos hablando de sexo, de la vida, de lo que duele. Él dijo: “Quiero filmar algo”. Yo: “Dale”.

Lo hicimos en exteriores. Un sendero en el bosque, lluvia fina, árboles que goteaban. Yo lo llevé por la mano como si fuera un tour turístico. “Pura Vida Cruising: Daniel Ulibarri shows Anders some Costa Rican hospitality”.

Lo chupé contra un árbol, lo monté en el suelo húmedo, me vine gritando mientras la cámara temblaba. No hubo luces, no hubo director. Solo nosotros, el viento, y el sonido de la lluvia en las hojas.

Lo subí a Twitter. Lo puse gratis. Cualquiera puede verlo. Cualquiera puede descargarlo. No hay muro de pago. No hay suscripción. Solo yo, desnudo, sin filtro, diciendo: “Aquí estoy. Mírenme. Tómenlo”.

Después vinieron otros: solo, en mi cuarto con luz baja; con un tico que conocí en un parque; en un baño público donde la puerta no cerraba bien. Títulos simples: “Costa Rica Solo”, “Power Bottom Tico”, “Pura Vida Uncut”. Me exhibo entero: la polla dura, el culo abierto, el semen en la mano. No hay guion. No hay vergüenza. Solo el clic de la cámara y el silencio después.

Y si alguien lo ve y se excita, o se ríe, o se conmueve —me da igual. Lo que importa es que yo sigo aquí. Con la cámara en mano, la polla en la otra, y el corazón —aunque hecho trizas— latiendo todavía.

Porque parar sería rendirme. Y yo no me rindo.

En el dos mil veintitrés, una noche cualquiera, solo en mi apartamento. El ventilador zumbaba como un mosquito gigante. Yo estaba en el sofá, con el celular en la mano, buscando algo que me quitara el vacío. Terminé en Netflix. Baby Reindeer. No sabía nada. Solo vi el título y pensé: “Suena raro”.

Llegué al capítulo cinco. El que nadie quiere ver. Donde Donny —el protagonista— se acuerda. Se acuerda de verdad. De cómo su profesor de teatro lo tocó cuando era niño. De cómo se quedó callado. De cómo el cuerpo se le hizo nudo. De cómo todo lo que vino después —las relaciones tóxicas, el sexo compulsivo, el odio a sí mismo— era eco de esa primera violación.

Yo estaba comiendo cereal directo del tazón, cuando llegó esa escena. El profesor lo lleva al cuarto. Lo toca. Donny no grita. Solo se queda quieto. Y después, en el baño, se mira en el espejo y ve sangre.

Yo dejé de masticar. El tazón se me cayó al piso. Cereal por todos lados. Y de repente, todo volvió. No como flash. Como un golpe.

El cuarto trasero en West Palm Beach. El olor a cerveza rancia. El peso de Rogelio encima. El “shh, shh” en mi oído. El despertar con el calzoncito pegajoso de sangre. Las ganas de cagar hacia adentro. La iglesia. El cura. La mentira: “nada”.

No había gritado entonces. No había llorado. No había dicho nada. Solo me había quedado quieto. Como Donny.

Y ahí, en el sofá, con el cereal frío en el piso, empecé a temblar. No fue llanto. Fue como si el cuerpo estuviera vomitando un secreto de treinta y dos años. Me doblé. Me agarré el estómago. Sentí el ardor fantasma en el culo. Sentí la sangre que ya no estaba.

Me levanté. Fui al baño. Me miré en el espejo. Ojos rojos. Cara pálida. Y pensé: “Esto es lo que soy”. No un conductor. No un actor. No un power bottom. Solo un niño de diez que nunca volvió.

Apagué la tele. No terminé el capítulo. No pude. Me acosté en la cama, boca abajo, y por primera vez en décadas, me permití sentirlo. No lo borré. No lo racionalicé. Solo lo dejé estar... Ese “shh” de mi tío que por fin se calló.

Daniel Ulibarri

Amante del humo, la gasolina, los químicos y preservantes. Quienes abriguen escrúpulos de moralina, se encierren en sus 'tiquismiquis' de conciencia y provincialismos santurrones, favor dejen de lado estos renglones ahora mismo.

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