septiembre 22, 2020

   


Don Chinguetas, marido casquivano, tenía aquella noche una cita galante.

En un bar de ésos a los que van las mujeres a buscar marido y los maridos a buscar mujeres había conocido a una de buenas prendas físicas, con cintura y moral flexibles, combinación muy atrayente para un hombre como don Chinguetas, que se sentía un Don Juan sin poseer el don.

Había obtenido de esa dama la promesa de que aquella noche lo acompañaría «a un lugar íntimo, discreto y acogedor«, según describió el salaz señor al Motel Kamawa.

Para efectos de la erótica cita don Chinguetas llamó por teléfono a su esposa, doña Macalota, y le dijo:

«Hoy no me esperés a cenar. Tengo mucho trabajo en la oficina. Calculo que no llegaré a la casa sino después de las 12 de la noche«.

Cómo se quedaría el tarambana cuando su mujer le respondió:

«¿Puedo confiar en eso?«.

Bien decía el viejo dicho:

«También en San Juan hace aire«.


La tomó en sus membrudos y pilosos brazos y se perdió con ella en las heladas cumbres.

El explorador del Himalaya se quedó como quien ve visiones cuando el Abominable Hombre de las Nieves le arrebató a su esposa.

No duró mucho la desazón del hombre: al día siguiente apareció la señora, que le dijo con una gran sonrisa:

«¡Buenas noticias, Malorio! ¡El Abominable Hombre de las Nieves no es tan abominable como dicen!«.


«Todos mis males provienen del alma» -suspiró doña Chacosa, señora que padecía reumas, ciática y lumbago entre otros variados alifafes.

Su vecina le preguntó;

«¿Cómo esos males te pueden venir del alma?«.

« -confirmó doña Chacosa-. Del almanaque«.


En la clase de catecismo la señorita Peripalda le preguntó a Pepito: «¿Dónde está Dios?«.

El chiquillo nomás peló los ojos, como dicen, y no respondió nada.

La catequista fue a decirle al padre Arsilio que Pepito no había contestado la pregunta.

El sacerdote se dirigió al pequeño.

«A ver -le preguntó de nuevo-. ¿Dónde está Dios?«.

El niño escapó del salón a todo correr.

Llegó a su casa llorando.

Su mamá se asustó:

«¿Qué te sucede?«.

Respondió Pepito entre sus lágrimas:

«Dios ha desaparecido, y todos creen que lo tengo yo«.


«Si no te casas conmigo me arrojaré a un precipicio«.

Esas dramáticas palabras le dijo Picio, hombre feo y antipático, a Camelina, joven avispada.

«Caramba -se conmovió ella-. ¡Cómo te lo agradezco!».


Una viejita entró en un casino de Las Vegas y puso una ficha de un dólar en el tapete de la ruleta.

El crupier, no sin cierta extrañeza, echó a rodar la bolita, que cayó en el color y número escogidos por la anciana.

El hombre le entregó a la vejuca las fichas que había ganado.

Le dijo ella:

«Espero que esto le sirva de lección, joven, para que deje el feo vicio del juego«.


Meñico Maldotado, infeliz joven con quien natura se mostró avarienta en la parte correspondiente a la entrepierna, desposó a Rosilita, muchacha sabidora.

La noche de las nupcias, ya en el lecho, le dijo él:

«Aunque nos hayamos casado quiero que sepas que no veo el objeto del matrimonio«.

«Tenés razón -confirmó Rosilita-. Yo misma estoy batallando para poder verlo«.


Un sujeto discutía con otro.

Le dijo:

«Tenés que saber que yo nací en sábanas de seda«.

Opuso el otro:

«Yo también«.

« -replicó el primero-. Pero las de mi mamá no llevaban el nombre de ningún motel«.


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