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Daniel Ulibarri

Voces desechables

   


Don Chinguetas, marido casquivano, tenía aquella noche una cita galante.

En un bar de ésos a los que van las mujeres a buscar marido y los maridos a buscar mujeres había conocido a una de buenas prendas físicas, con cintura y moral flexibles, combinación muy atrayente para un hombre como don Chinguetas, que se sentía un Don Juan sin poseer el don.

Había obtenido de esa dama la promesa de que aquella noche lo acompañaría “a un lugar íntimo, discreto y acogedor“, según describió el salaz señor al Motel Kamawa.

Para efectos de la erótica cita don Chinguetas llamó por teléfono a su esposa, doña Macalota, y le dijo:

Hoy no me esperés a cenar. Tengo mucho trabajo en la oficina. Calculo que no llegaré a la casa sino después de las 12 de la noche“.

Cómo se quedaría el tarambana cuando su mujer le respondió:

¿Puedo confiar en eso?“.

Bien decía el viejo dicho:

También en San Juan hace aire“.


La tomó en sus membrudos y pilosos brazos y se perdió con ella en las heladas cumbres.

El explorador del Himalaya se quedó como quien ve visiones cuando el Abominable Hombre de las Nieves le arrebató a su esposa.

No duró mucho la desazón del hombre: al día siguiente apareció la señora, que le dijo con una gran sonrisa:

¡Buenas noticias, Malorio! ¡El Abominable Hombre de las Nieves no es tan abominable como dicen!“.


Todos mis males provienen del alma” -suspiró doña Chacosa, señora que padecía reumas, ciática y lumbago entre otros variados alifafes.

Su vecina le preguntó;