diciembre 5, 2020

Cada crisis -económica, política, social- genera un gran número de perdedores, tanto entre naciones como empresas e individuos. Sin embargo, también provoca que quienes mejor se aprovechan de las circunstancias o de sus ventajas competitivas salgan ganando del desastre.

Ahora que estamos sometidos al feroz ataque de un virus que parecería empeñado en usarnos como medio de cultivo, nos volvemos más conscientes de los férreos dictados de la evolución: quienes mejor se adapten sobrevivirán y quienes no sean capaces de hacerlo correrán el riesgo de extinguirse.

La metáfora evolutiva, tantas veces sacada de contexto, adquiere hoy inquietantes resonancias.

Así como este coronavirus logró saltar de animales a humanos, adaptándose para vencer a nuestro sistema inmunológico -o para volver- lo contra nosotros mismos-, unas cuantas compañías y unos cuantos países han sabido valerse del caos para obtener incalculables beneficios.

Cuando salgamos del encierro -cuando contemos con una vacuna o nos hayamos inmunizado en masa, con la vasta cantidad de muertes que esta opción conlleva-, el mundo no será exactamente el anterior y los más aptos -que no los más fuertes- habrán aumentado drásticamente su poder o su riqueza.

Los grandes perdedores de la pandemia los reconocemos de inmediato, pues son los mismos de siempre: en el reino de la desigualdad acelerado por el neoliberalismo, los más pobres continuarán sufriendo más.

Algunas estadísticas ya lo demuestran: en Estados Unidos, la tasa de infecciones y muertes es mucho mayor entre afroamericanos y latinos que entre caucásicos. La razón, por supuesto, no es racial: tiene que ver con los recursos y el acceso a los sistemas de salud.

Pronto, en América Latina y África los más desprotegidos enfrentarán idéntica suerte y, como siempre, serán los más afectados por la crisis.

En el contexto político, quizás la Unión Europea sea la mayor víctima de la catástrofe: tras largos años de penosa integración, hoy parece inexistente, con cada gobierno dando palos de ciego sin consultar a los demás.

Pese a su innegable fuerza, Estados Unidos no solo se ha vuelto el centro de la pandemia, sino que, bajo la guía de un nacionalista obtuso como Trump, ha renunciado a cualquier liderazgo global.

La posición de China resulta más paradójica: su tardía respuesta y la opacidad de sus datos contrasta con la eficacia totalitaria ejercida después, la cual le ha permitido recuperar vertiginosamente su influencia mundial y acaso expandirla.

El que Trump dirija sus ataques contra ella, dejando de lado a Rusia, es prueba suficiente de que nos encaminamos hacia otra era bipolar, moderada acaso por otras potencias emergentes, como Rusia o la India.

En términos económicos, millones de empresas, grandes y pequeñas, sufrirán, se extinguirán o se volverán irrelevantes -del sector inmobiliario a la industria automotriz y del turismo al entretenimiento y la cultura-, mientras las industrias tecnológicas incrementan alarmantemente sus ingresos.

Amazon, denunciado en Francia por no proteger a sus trabajadores, ya ha hecho de Jeff Bezos el hombre más rico del planeta.

Google, Microsoft o Facebook se consolidan como poderes omnímodos a los que recurren los desgastados gobiernos nacionales en busca de auxilio. Y lo que mejor saben hacer, por desgracia, es vigilarnos y comercializarnos.

Empeñados en sumergirnos en nuestras pantallas día y noche para comunicarnos o sobrevivir a la acedia -mientras les entregamos confiada y obcecadamente nuestros datos-, nos convertimos en sus dóciles esclavos en nuestras galeras domésticas.

Igual que el SARS-Cov-2, las empresas tecnológicas lucen mejor preparadas que nunca para colonizar por completo, con nuestra propia complicidad, nuestros cuerpos y nuestras mentes.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: