octubre 22, 2020

“…Era la hora del mediodía, perezosa y ardiente. El vendedor de paños asió a la bella moza por el talle y acarició con tacto urgido las caderas potentes. Saltaron los broches del corpiño y surgieron los senos temblorosos como dos globos de marfil y seda. Los labios varoniles florecieron como ascuas, de uno a otro. Luego la mano masculina, audaz y sabedora, fue como el cisne del mito entre las frondas venusinas de Leda…”.

Esta prosa cargada de incitaciones voluptuosas es de Emilio Carrere, un escritor español de principios del pasado siglo. Se las arreglaba muy bien para decirlo todo sin decir nada. O casi nada.

“…La fuerte virgen campesina era la causa de que los mozos del lugar anduvieran siempre decaídos, con amarilla faz, por simular en sí mismos las dulzuras del placer que de la hembra no iban a recibir jamás…”.

Esa hembra era una moza en vísperas de matrimonio. Llega un pañero al pueblo y le muestra sedas y encajes para que luzca el día de su boda. Aprovecha la ocasión para hacerle tentarujas a la moza.

“…‘¿Y este crucifijo de coral que llevas al cuello’. Y mientras asía la crucecilla, su mano iba posándose sobre la pompa de los senos. ‘¡Ah, y es de lo fino, es de lo fino!’. Y seguía en su examen hipócrita y en el acariciar discreto. Le dijo la muchacha, ingenua: ‘Deje, amigo, deje, que es pecado manosear tanto las cosas de la religión’…”.

La historia tiene final feliz. O triste, no lo sé. La pieza de paño que gustó a la muchacha para su vestido costaba 600 reales. El pañero se la entregó a cambio de otra prenda que ella reservaba para la noche de sus bodas.

“…Se sintió penetrada dulcemente; corrieron generosas las linfas del deleite, y las primeras rosas del rosal se desangraron en aquel instante supremo de transfiguración…”.

El escritor halla una causa para justificar la claudicación de la zagala:

“…Fue ese cuarto de hora que toda mujer tiene en su vida, en que deja abierto por 15 minutos un postigo al diablo…”.

Me parece exagerado decir “toda mujer”. Sé de algunas que nunca han abierto el tal postigo, y sé también de otras que lo tienen permanentemente abierto, por lo que pueda suceder. Ni a unas ni a otras juzgo. Allá cada quien con sus postigos.

Los eróticos cuentos de Carrére se publicaban en folletines de medio pelo para consumo de oficinistas solitarios.

Eran lecturas clandestinas, como las de nuestros días juveniles.

Ahora la pornografía ya no se lee: se mira a todo color en la pantalla de la tele y en las tablets.

En los primeros tiempos de la tele en los ochenta cierto vecino mío apuntó la antena de su televisor hacia la zona de tolerancia.

Tenía la esperanza de que con eso se viera un canal porno.

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