El maestro de escuela les ordenó a los niños:

Escribid una historia. Al terminar cada uno leerá la suya.

Durante una hora no se oyó en el salón otro ruido que el rasgueo de las plumas. Acabado el tiempo los pequeños pasaron a leer sus trabajos.

Uno contó algo acerca de un pajarillo.

El relato de otro hablaba de un ciervo.

El tercero narró las correrías de un conejo.

Pasó otro niño y leyó lo que había escrito:

«… En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…«.

Deteneos -le ordenó el maestro-.

Es el principio más tonto que en mi vida he oído.

Todos en el aula rieron. Pensó el niño:

No me importa la opinión de los demás.

Sé que mi historia es buena; algún día la terminaré.

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