octubre 22, 2020

Don Severo era un solterón empedernido. Vivía en un pequeño pueblo del norte de la capital, y entre todos los de su generación él era el único que no se había rendido a los lazos del matrimonio.

La verdad, ya daba qué decir.

La gente recordaba el refrán según el cual “Solterón maduro, maricón seguro”, y murmuraba acerca de él.

Los rumores llegaron a oídos del interesado, y tanto para poner fin a los chismes como porque –hay que decirlo– ya le pesaban los inconvenientes de la soltería, don Severo se decidió a casarse.

Se aplicó, pues, a buscar mujer.

No quería casarse con cualquiera. Otro dicho conocía él: “De hacendada o hacendosa la segunda es más hermosa”. O sea que para esposa es mejor una mujer trabajadora que una mujer rica.

Pero, ¿cómo saber cuál de las muchachas del pueblo era buena para el trabajo de la casa y cuál no?

Se le ocurrió una idea.

Pensó que los quehaceres del hogar forman callos en las manos de las que son mujeres de su casa. Y en su búsqueda de esposa empezó a investigar discretamente.

Cada vez que saludaba de mano a alguna de las muchachas casaderas del lugar le rozaba discretamente la palma y los dedos a fin de ver si tenía callos, seguros indicadores de que la muchacha sabía de la escoba y el trapeador, del coleador y el plumero, de la alta garrocha que sirve para quitar las telarañas de los techos.

A todas las muchachas les hacía ese disimulado examen, y en ninguna notaba los anhelados callos.

Todas tenían las manos finas y suaves, exquisitas, sin asomo alguno de callosidad. Bien se veía que las dueñas de esas manos de pétalo de rosa jamás hacían nada; que estaban entregadas a la dulce ociosidad.

Se desesperaba don Severo, ya pensaba que nunca encontraría a la mujer que ansiaba, trabajadora, buena ama de casa, con las manos curtidas por las cotidianas faenas del hogar.

Cierto día, sin embargo, alguien le presentó a una muchacha que vivía en las afueras de la población.

¡Oh gratísima sorpresa! Al darle la mano para saludarla sintió los callos que buscaba.

Con hábil discreción examinó muy bien la palma y los dedos.

No cabía duda: ahí estaban los callos que él quería. Grandes y duros, mostraban con inequívoca verdad que aquella muchacha barría, trapeaba, lavaba, cosía, planchaba y hacía lo que debe hacer en su casa la mujer.

Empezó a cortejarla, se le declaró, la hizo su novia, le pidió matrimonio y finalmente se casó con ella.

Don Severo estaba feliz.

De seguro, pensaba, su casa luciría como una tacita de plata, limpia y ordenada.

Se equivocó. No tardó mucho en darse cuenta de la amarga verdad: su flamante esposa era vaga, descuidada, negligente, remisa, perezosa.

Se levantaba a la una de la tarde y no hacía otra cosa más que mirarse en el espejo, peinarse, arreglarse las uñas y acicalarse.

La casa andaba de cabeza: el pobre don Severo no hallaba una camisa limpia qué ponerse; comía a deshoras y muy mal; la cama nunca estaba tendida; reinaba un completo desorden en la casa.

Le llamó la atención a su mujer, y ella le respondió con displicencia:

Yo así soy.

Furioso, Severo fue muy enojado con su suegro. Su hija, le dijo, era una perezosa que no sabía hacer nada.

¿Y por qué se casó con ella? –le preguntó el hombre, desafiante.

Porque la creí muy trabajadora –contestó don Severo–. Le noté callos en las manos y pensé que los tenía por hacer los quehaceres de la casa.

No –lo corrigió el suegro–. Esos callos se le hicieron de tanto estar agarrada de los barrotes de la ventana viendo pasar a los hombres.

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