octubre 29, 2020

Bravo, bravío fruto es la tuna del nopal.

Sus espinas guardan un tesoro de dulzura, igual que la altivez de una mujer guarda el amor que va a entregar.

Cortadas por mano diestra a la hora del amanecer, cuando el viento se aquieta y las espinas duermen, estas tunas me esperan en un platón de barro sobre la mesa de la cocina.

Son de un pálido verde -se les llama blancas-, y son rojas, y son amarillas y de color de rosa.

Todas son dulces, igual que es la vida cuando los dioses se descuidan.

Fruto de rancho, fruto crecido en el corral junto a la pared de adobe, la tuna carece del prestigio de la manzana o el durazno.

Quien la prueba, sin embargo, quien se lleva a la boca su dulzor, siente que está gozando a una muchacha campesina que al principio se le mostró arisca y que luego se le entregó al pie de la pared de adobe, a la hora del amanecer, cuando el viento se aquieta y las espinas duermen.

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