enero 22, 2021

Trump: tirano y catalizador de nuestros tiempos

Una turba de supremacistas blancos tomando por asalto el Capitolio de Washington: ésta será la imagen que quedará de la ponzoñosa Presidencia de Donald Trump.

Pero no nos llamemos a engaño: pocos líderes autoritarios en la historia han sido tan transparentes con respecto a sus nefastas intenciones.

El Trump que incitó a esas hordas a subvertir la votación que habría de confirmar su derrota -su peor pesadilla-, luego de infatigables semanas de azuzarlos con mentiras y llamados a la rebelión, es el mismo Trump que inició su campaña acusando a los mexicanos de ser criminales y violadores.

La continuidad discursiva y política es claramente previsible y todos los que se han resistido a verla han terminado por convertirse en cómplices de su embate contra la democracia.

Como tantos tiranos -o tiranos en potencia-, Trump es a la vez un catalizador y un producto de su tiempo. Sin la paciente y sibilina revolución neoliberal que, desde los años ochenta del siglo pasado, no dudó en hacerle lugar al nacionalismo más rancio, al racismo y la xenofobia y, en general, a todas las formas de exclusión, lo ocurrido estos días hubiera sido imposible.

Tampoco sin la colaboración -el colaboracionismo- de las iglesias evangélicas, encerradas en su doble moral, o de grupos políticos como el Tea Party, decididos a arrinconar a la izquierda a cualquier costo.

Infiltrado por todos estos sectores, el Partido Republicano, antes caracterizado por su fidelidad a la ley y a esos valores que hoy enarbola solo como consignas vacuas, se transformó en una amalgama en la que hoy conviven conservadores y libertarios con toda suerte de ultras, fascistas y fanáticos de las teorías de la conspiración.

El mecanismo mediante el cual un puñado de radicales y dementes logró apoderarse de un partido no es nuevo y, paradójicamente o no, sigue la estrategia de los infiltrados comunistas de principios del siglo XX.

Su gran estafa fue convencer a sus líderes de que debían subvertir el discurso racional para hacerles creer que los discriminados y olvidados no eran ya las minorías negras o latinas, o las mujeres, sino los blancos trabajadores sin estudios universitarios.

Con esta ideología a cuestas, los parásitos no tardaron en infectar al aparato completo, que aún considera legítima esta falsedad, una inculta inversión de valores -como la que detectó Hannah Arendt en el nazismo- que ha permitido y alentado el crecimiento de la ultraderecha en todo el orbe.

En este ambiente, Trump, un bárbaro, millonario, estafador y megalómano, resultó la pieza ideal para cuadrar el rompecabezas.

Llegó a la Presidencia gracias a sus mentiras y calumnias y, a lo largo de estos cuatro años, apenas hizo otra cosa que repetir la estrategia, cambiando a veces de objetivo, con la permanente consigna de dividir cuanto fuera posible a la sociedad estadounidense -de por sí ferozmente dividida- y de alentar a esa pequeña base supremacista blanca que habría de seguirlo a cualquier parte y a la que no dudó en alabar tras el asalto al Capitolio.

Mientras tanto, el sistema nunca dejó de animarlo o cuando menos tolerarlo: fuera porque no se le tomaba en serio o porque la oposición y los medios creyeron torpemente que las instituciones podrían contenerlo, nadie se opuso frontalmente, durante su mandato, a su eficaz desmantelamiento de esas mismas instituciones.

Nadie.

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