Covid-19: Trágico y Efervescente

En días recientes he vuelto a pensar en el cuerpo de Héctor mancillado por Aquiles. Dentro de la enorme tragedia que es la Iliada, profanar a un cuerpo resulta el culmen de lo verdaderamente doloroso.

Pienso qué habría escrito Homero viviendo en este inenarrable mundo y en el aún más inenarrable 2020.

Volví a pensar en Héctor luego de ver a Angela Merkel desesperada, tratando de explicar a los alemanes por qué no es momento de organizar fiestas navideñas.

«Lo siento desde el fondo de mi corazón, pero cuando pagamos el precio de 590 muertos en 24 horas, en mi opinión no es aceptable«, dice esta lúcida mujer cuya inteligencia también es emocional.

Llamó mi atención que tantos diarios destacaran que Merkel había estado inusualmente emocional en su discurso.

Ay, nosotros los racionales.

No deja de impresionarme nuestra incapacidad para incorporar las emociones al cotidiano, tanto en lo individual como en lo colectivo vivimos huyendo de sentir.

Pero la muerte es la muerte y nos rebasa, y como todo fenómeno que rebasa nuestra razón lo llevamos a lo divino o lo mágico; por eso necesitamos ritos mortuorios y sepulcros, ataúdes y cementerios. Y misas y rezos.

Y como el verdadero dolor es innombrable porque no hay palabras que lo contengan, no puedo siquiera buscar un adjetivo o una metáfora para los deudos. Las familias de esos miles y miles de muertos.

Regresando a la Iliada, cuando Aquiles mata a Héctor, haciendo gala de una violencia única, lo perfora de los tobillos al talón para atar el cuerpo al carro que los caballos harán avanzar arrastrándolo, golpeando su cabeza contra el suelo, llenándola del polvo y la mierda que va levantando por el camino.

Pero ninguno de nosotros habíamos vivido un diciembre con una epidemia tan feroz y letal a la puerta de nuestras casas. No sé ustedes pero, al menos yo, puedo contar cuatro amigos cuyos padres o abuelos han muerto a causa del Covid-19.

Nunca la muerte estuvo tan presente en la casa del vecino que, además, en la inmensa mayoría de los casos no pudo realizar el rito mortuorio que se necesita para enfrentar el duelo. Qué duro.

Así que vuelvo a la falta de humanidad necesaria para ultrajar, ofender, hacer escarnio de un cadáver, envilecer a un muerto.

Y me da por pensar que quienes se resisten a usar el cubrebocas, quienes ya han adelantado que no se pondrán la vacuna y quienes insisten con un egoísmo estúpido en hacer reuniones decembrinas, arrastran simbólicamente esos cuerpos para que se llenen de lodo, de mierda, de vergüenza.

De nuestra vergüenza colectiva, porque vivir en un país tal mal calificado para enfrentar esta emergencia sanitaria no es sólo asunto del pésimo manejo del gobierno y las autoridades sanitarias; esta situación desbordante la construimos entre todos.

Y, no puedo evitarlo, me enfurece pensar que muchas de esas reuniones decembrinas con consecuencias fatales tienen de fondo una narrativa «en el nombre de Dios», entre la tan venerada virgen y el festejado nacimiento del niño Jesús van a gestarse muchas muertes.

No me queda más que rematar con estos versos del enorme poeta César Vallejo en Los heraldos negros.

Hay golpes en la vida, tan 
fuertes… ¡Yo no sé! 
golpes como del odio de Dios; 
como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… 
Yo no sé.

Son pocos; pero son… Abren
zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el
lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de
bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos
manda la Muerte.

Un pensamiento en “Covid-19: Trágico y Efervescente

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