octubre 20, 2020

Casi nunca se le ve en la calle.

De vez en cuando –dos o tres veces en el mes– va al súper en taxi, y en taxi vuelve sin tardanza con las compras que necesita hacer.

Nadie sabe cómo se llama.

Las vecinas que en ocasiones la saludan le dicen Tila, pero ignoran a qué nombre corresponde ese diminutivo.

Tampoco pueden calcular su edad: lo mismo puede tener 30 años que 50.

No es fea ni bonita.

No es alta ni baja.

No es robusta ni delgada.

Es, simplemente, Tila.

Se dedica a cuidar a su padre, pues su mamá murió hace tiempo.

Tila tenía novio, pero cuando el muchacho le propuso matrimonio le dijo que se irían a vivir a otra ciudad.

Entonces ella lo dejó para no dejar solo a su padre. A él ha dedicado toda su vida. Para él ha vivido. Por él no ha vivido.

Cuando su padre muera ella seguirá viviendo sin vivir.

Tiene que haber un Cielo para Tila y para los que son como ella.

Tiene que haber un Cielo para aquellos que renunciaron a su vida para cuidar otra vida.

Tiene que haber alguien que sabe cómo se llama Tila.

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