He detenido el vehículo a la orilla del camino. La lluvia de tempestad me impide ver por dónde voy, y no está lejos el precipicio. Escucho el ruido del torrente que va cañada abajo.

De niño me asustaba donde la presión atmosférica era más baja que el aire circundante.

La veía como una cólera de Dios. Pensaba que el cielo se iba a desplomar. Ahora no siento ya temor.

Sé que un buen dios no tiene cóleras, y sé también que las borrascas duran poco.

Espero, pues. Empiezo a cantar una canción, pero después de las primeras notas la melodía se apaga.

¿Sigo teniendo miedo, acaso? ¿Irá a caer el cielo sobre mí? Pero de pronto cesa de llover, y el trueno se va lejos. Se hace el silencio. Hasta el torrente calla.

Aparece la luna, y frente a mí brilla un insecto de cuerpo alargado con dos manchas de color amarillento, por las cuales despide una intensa luz azulada.

Y la luna como dicho insecto, pero grande allá arriba; y es el insecto como una pequeña luna acá abajo.

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