octubre 25, 2020

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Las series provocan la adicción que en el siglo XIX provocaba el folletín, con una diferencia: la lectura se ejerce en soledad mientras que la tele es (o debería ser) un entretenimiento compartido.

Las sagas televisivas en la era de “peak TV” pueden ser cortas y dulces o se alargarse hasta convertirse en una forma de la costumbre. Una vez cautivados por ese universo,  grande o pequeño, difícilmente lo abandonamos.

Aunque repudiemos las atrocidades y las incoherencias de la historia, salir de ahí antes de tiempo es como negar a un hijo o no contestarle el teléfono a mamá.

Si odiás ese mundo es porque ya formás parte de él. Dejar sola a tu pareja en la tercera temporada equivale a decirle: “tenemos que hablar“.

Más grave resulta ver episodios a escondidas. De poco sirve ocultar esa traición: tu pareja está equipada con un sexto sentido que le permite descubrir que ya viste ese episodio. Si no confesás de inmediato, confesará tu cara.

Uno de los principales cambios traídos por la pandemia es que cuesta más trabajo ser infiel con la tele. Ahora los problemas son distintos.

En el encierro no nos pasan muchas cosas y ya es ofensivo que alguien pregunte: “¿cómo estuvo tu día?”. Los sucesos están en otra parte, principalmente en la televisión en línea, según revelan las ganancias de las nuevas plataformas.

La adicción a las series ha creado un nuevo oficio. En la inactiva vida actual, hay problemas que no derivan de nuestra conducta, sino del comportamiento de los personajes con los que convivimos durante varias horas al día.

El encierro protege del virus, pero no de los trabajos de la mente.

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