Daniel Ulibarri

Sueños de la ira

Me despierto demasiado rápido en un sótano de cachorros ahorcados con mis ojos derramándose en la oscuridad ante la luz caliente de una luna azul que por el cielo empinado me ha revuelto.

Las colillas de mis sueños y líquidos enojados nadan de regreso a la mitad de mí.

Lentamente la conciencia reemplaza las barras: son los sueños de la ira que ahora ocupan mis noches.

Esto no es raro después de la pérdida del amor— azul y negro y rojo en vuelos dentro del cráter abierto.

Estoy interesado en la ira. Trepo para encontrar la fuente.

Mi sueño era de un alma sin cara acostada y despierta en la cama que controla la casa mediante bombillas colgadas de cables encima de ella.

Los interruptores se niegan a encender las bombillas.

El alma sin cara sigue cambiando y cambiando entre las mareas crecientes de ira hirviendo.

Bajo los enormes muebles se agazapan pequeñas criaturas, no del todo gatos, no del todo ratas lamiendo sus estrechas mandíbulas rojas bajo una carga de tiempo.

Quiere volver a ser hermosa pero las grandes habitaciones sobreiluminadas están vacías como un transatlántico desierto y ahora detrás de ella en la oscuridad un sonido susurrante, viene—

Mis pijamas están empapadas.

La ira viaja a través de mí y envenena a todos los demás en mi corazón.

Cada noche me despierto con ella y la cama empapada, dolor caliente golpeándome si me muevo.

Quiero justicia. Y golpes.

Quiero una explicación. Y golpes.

Quiero maldecir al falso amigo que dijo te amo por siempre. Y golpes.

Me estiro y enciendo la lámpara de la mesita de noche. 

Manantiales de noche por la ventana desvanecen en el páramo.

Me acuesto escuchando la luz vibrar en mis oídos, escuchando mis peores maldiciones.

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