septiembre 30, 2020

El talón de Aquiles de todos los sistemas políticos que la humanidad ha inventado desde que pasó del nomadismo recolector al sedentarismo agrícola, ha sido el problema de la sucesión.

Algunas oligarquías lograron mantener la estabilidad por decenios o siglos para fragmentarse inevitablemente cuando los clanes familiares que las formaban empezaron a luchar entre sí.

El poder se pulverizó o derivó en el gobierno de un solo hombre.

Y las sociedades gobernadas por un solo hombre -y unas cuantas mujeres- a lo largo de la historia mantenían la estabilidad política mientras duraba el carisma del líder o la diosa fortuna las premiaba con sucesores con talento para gobernar.

Siempre fue una apuesta imposible.

Era jugar a la ruleta rusa.

Todas las monarquías o dinastías -si pensamos, por ejemplo, en China- naufragaron cuando el monarca en turno se hundía en el desgobierno, el dispendio, la corrupción y el deporte costosísimo, y al parecer irresistible, de la guerra.

Las sociedades no tenían otro camino para disponer del gobernante que las desgobernaba y empobrecía que la revuelta, rebeliones sangrientas que generalmente eran reprimidas de manera implacable, o la revolución (como la que acabó con la añeja monarquía francesa en 1789 o el zarismo ruso en 1917).

Por eso la democracia parlamentaria inglesa -que se extendería por Occidente en su versión presidencial- resultó la solución ideal.

No libró a ningún país de revueltas y guerras, pero los estratos sociales que fueron incorporados como votantes a las democracias con el paso del tiempo sabían que la sucesión dependía ahora de su poder de veto: el voto.

Para desgracia de las protodictaduras populistas y las autocracias en ciernes del mundo de hoy, las elecciones se convirtieron en un instrumento imprescindible de legitimidad para gobernar.

Entonces decidieron manipular el voto.

Primero, silenciando o deslegitimando a los medios independientes.

Y en los últimos años, con la ayuda de instrumentos digitales como Facebook y la adquisición de la información que guardan de sus seguidores.

La compra y manipulación electoral de esa información personal fue decisiva para el triunfo de Brexit en Inglaterra y de Trump en 2016.

Los políticos totalitarios, que también convocan a elecciones, como Putin en Rusia o su aliado bielorruso Alexander Lukashenko, tienen otros medios más directos -y brutales- para “ganar” una elección cuando no pueden vender a los electores un fraude y la gente sale a las calles a protestar: la represión.

Putin lleva decenios reprimiendo a sus opositores.

Los que insisten en manifestarse acaban en la cárcel o, de plano, reciben una buena dosis de algún veneno potente e inaccesible para el común de los mortales y terminan, si bien les va, como Alexei Navalny, el principal opositor de Putin, en estado de coma en algún hospital extranjero.

La manipulación del voto ha sido también el eje de la estrategia de Trump en la campaña electoral que culminará en la elección de noviembre en Estados Unidos.

Los republicanos, que se han convertido en sus obedientes vasallos, han rediseñado el mapa electoral para marginar a las minorías que votan demócrata, reducido las casillas en estados clave para la elección de noviembre como Texas, Arizona y Georgia, y privado de financiamiento al servicio de correos para reducir el número de electores: menos votos garantizan siempre más triunfos republicanos.

Como todos los manipuladores del voto, Trump ha usado el martilleo retórico con el que se comunica con sus seguidores en Twitter, muchas veces por encima de la ley, para devastar la confianza de los votantes en la validez de las elecciones.

Si pierde, ha repetido una y otra vez, ésta habrá sido la elección más corrupta en la historia de Estados Unidos.

En un sistema electoral tan descentralizado como el norteamericano el único fraude posible es el que Trump está orquestando desde el poder.

El mismo que podría pretender asestarnos en 2022 uno que otro cacique municipal que funge en Costa Rica.

Es indispensable empezar por defender el voto democrático y la libertad de los medios.

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