septiembre 20, 2020

 

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Vivimos tiempos de rendir cuentas, señalar culpables y afrontar las consecuencias de actos pasados.

En Latinoamérica, un grupo de la tercera edad es objeto de persecución : curas que a su avanzada edad están afrontando las consecuencias de las violaciones a menores que cometieron décadas atrás, las cuales, por la protección social de la que ha gozado la Iglesia Católica, hasta hace no mucho salieron a relucir.

Existe un dicho de consuelo entre los creyentes: los sacerdotes son como los aviones, cuando se cae uno se hace un escándalo sin meditar en todos los que surcan los aires sin problemas. Una expresión que, dadas las últimas revelaciones y la cantidad de casos expuestos, se debe poner en duda. ¿Son realmente una minoría los curas pedófilos?

Tiempo atrás, el sacerdocio era considerado una bendición. Una familia con un hijo sacerdote se pensaba privilegiada, tocada por la mano de Dios. Hoy la cantidad de curas con perversiones nos lleva a pensar si el sacerdocio no es más bien un escape para quienes no pueden afrontar una orientación sexual distinta a la que la sociedad conservadora impone o el resguardo a una depravación sexual.

¿Los sacerdotes llegan perversos a los monasterios o ahí se hacen? Si la Iglesia es su refugio, quiere decir que ya venían arrastrando algo, pero si la bifurcación sexual se dio ya dentro, una explicación podría ser que el celibato y la falta de desfogue carnal los lleva a otras alternativas de excitación.

La libido no tiene un cauce de salida y toma la forma de atracción hacia sujetos del mismo sexo o interés en niños.

Tratándose de una atracción homosexual entre adultos no debería haber problema. Si dos sacerdotes se quieren divertir en los recovecos de un convento o buscarse en la ducha comunal muy su asunto y bien por ellos.

 

El problema es cuando el antojo se centra en menores de edad: seres indefensos que ven en el sacerdote a una figura santa venerada por el contexto social y alabada por sus padres.

En México, una institución desviada desde su fundación es la de los Legionarios de Cristo: su creación fue producto de un pedófilo, Marcial Maciel, que probablemente quería tener su harem de niños.

Hoy ese harem se salió de control y la congregación tuvo que emitir un mea culpa con una laxitud que sólo se puede explicar por la enorme cantidad de pederastas y encubridores de Maciel que aún cohabitan en el movimiento.

Es lo mismo que nazis juzgando nazis.

Y de víctimas a victimarios, algunos de los menores violados por Maciel se convirtieron en sacerdotes pedófilos también.

La condena para estos abusos se traduce en mandar al cura anciano a meditar, como si su avanzada edad y haber cometido tales actos hace ya tanto tiempo les quitara gravedad.

El verdadero lugar de estos monstruos es la cárcel y la excomunión, pero el Vaticano cree que cuida más de la Iglesia haciéndose loco, cuando en realidad cava más hondo su tumba.

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