octubre 26, 2021

La pandemia puede ser vista como una aceleradora de las trayectorias que ya estaban formadas en nuestra vida; se manifestaron, como traer un flujo futuro a valor presente y aquí se precipitó lo inevitable: negocios que quebraron y otros que nacieron, relaciones disueltas o consolidadas, sueños rotos o nuevos.

El cese y la ruptura de rutinas nos exhibió como autómatas inconscientes, insertados en un sistema que fomenta la acción más que la reflexión, y la orientación externa más que la interna. Si es difícil cambiar, hacer introspección y hablar franco con el otro; fuimos obligados.

En esencia, la pandemia destapó lo embotellado y gritó lo silenciado; fue como una cachetada de vida.

Este hiato nos forzó a examinar, o simplemente a darnos cuenta, de aquello que estábamos construyendo, o destruyendo, día con día. Nos lo mostró en la cara y, con los niveles de tolerancia y paciencia agotados, estallaron finalmente los efectos y los síntomas. Tantas cosas que se alteraron y se transformaron en nombre, o por causa, del COVID.

En los negocios: se desintegraron y cerraron empresas que estaban en una situación delicada desde antes de la pandemia. Ya no dio su lucha cotidiana del flujo de efectivo, la baja crónica en ventas, el desánimo organizacional; y cerraron de una vez por todas.

También hay que decirlo: hubo empresas que florecieron y hasta se sorprendieron, bien por ellos.

En lo laboral: los que estaban apáticos, hartos o no se sentían valorados, renunciaron. Otros fueron despedidos.

Los grupos cohesivos sobrevivieron, los débiles tronaron. El modelo remoto insertó la modalidad híbrida para siempre.

Los liderazgos fueron replanteados: unos decepcionaron otros ascendieron.

El contexto y las nuevas formas de interacción, hicieron notar a los más adaptativos y relevantes al tiempo que exhibieron a los desequilibrados o incompetentes.

También llegaron los nuevos emprendedores, que se lanzaron porque no les quedaba otra o porque se disolvió aquello que los frenaba.

Otros arrancaron proyectos creativos y pintaron, cantaron, bailaron, escribieron y compusieron. 

En el plano personal y social, se reorganizó la interacción y los espacios de soledad intermitente con la pareja. Inevitablemente, también se terminaron conexiones que hayan estado sostenidas con alfileres: amigos, parejas, matrimonios, relaciones sociales. Habrán emergido también curiosas e insospechadas vinculaciones durante este encierro surrealista y, quizás, durarán para siempre.

Como todo: siempre que se gana algo se pierde algo, y siempre que se pierde algo se gana algo. Liquidar un negocio, terminar un ciclo, romper una relación, es doloroso y traumático, pero también puede ser liberador: nada como volver a empezar.

Concediendo que hubo víctimas y tragedias de todo tipo, con las cuales me solidarizo, también, si se desea, se pueden apreciar las ganancias: el cierre de ciclos, la terminación de lo mediocre y lo insostenible, y la consecuencia manifestada de lo que se estaba lentamente configurando.

Y le doy un cierre relacionándolo a la estrategia, que por definición implica renuncias. Se renuncia para abocarse a algo específico, y se sacrifican rumbos alternativos para centrarse en lo más relevante.

El mundo occidental había estado saturado, sobreestimulado, sobreinvertido y agotado. Hacemos demasiado: nos enrolamos en actividades estériles, con poco sentido o que apenas y toleramos, y nos quedamos en relaciones que nos restan y disminuyen.

Las renuncias, cierres y terminaciones, también liberan energía creativa. Que esta pandemia sea como una sacudida de vida; que nos reoriente a niveles más altos de consciencia y vibración, al tiempo que nos ayude a recuperar nuestro centro.

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