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Daniel Ulibarri

Somos bombas

Las frenéticas armas automáticas desatadas,
el chorro de balas en una multitud de la mano.
Ese cielo bruto que se abre en fauces metálicos
que tragan lo indecible en cada uno de nosotros.
Incluso el río escondido en ninguna parte
está envenenado y ácido por una mina de carbón.
¿Cómo no temerle a la humanidad,
lamer el riachuelo fondo seco, para succionar
agua de mis propios pulmones, como veneno?
Incluso cuando pez tras pez vuelve panza arriba,
y el mundo se desploma en un cráter de odio,
¿no habrá todavía algo que cante e inspire?
La verdad no sé, pero a veces juro escuchar
a la herida se que cierra como una puerta
de garaje oxidada, y todavía estoy vivo
en este mundo sin tantísimo horror y dolor,
todavía puedo maravillarme de cómo el perro
corre derecho hacia los derrumbes en el camino,
porque cree que los ama, porque está seguro,
sin lugar a dudas, de que las cosas rugientes
lo amarán de vuelta, su pequeño yo vivo y con
ganas de compartir su maldito entusiasmo,
hasta que tire de la correa para salvarla
porque quiero que sobreviva para siempre.
Decidimos caminar un poco más, aves pequeñas
y febriles sobre nosotros, el invierno se acerca.
Imagino mi frío cadáver sobre esta tierra.
Quizás siempre esté lanzando mi cuerpo
hacia lo que nos aniquilará, suplicando amor
al acelerado paso del tiempo, y tal vez,
como ese perro obediente en mis talones,
podamos caminar juntos en paz,
al menos hasta que llegue el próximo camión.

Amante del humo, la gasolina, los químicos y preservantes. Quienes son amantes del "fitness", el gimnasio, las dietas y los maratones y cualquiera que abrigue escrúpulos de moralina, se encierre en sus 'tiquismiquis' de conciencia y provincialismos santurrones, deje de lado estos renglones ahora mismo.

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