septiembre 30, 2020

Se va el crepúsculo por el camino de la tarde, y tiende el oro y la grana de su capa de torero en la rivera del Guadalquivir.

Antes Don Juan esperaba con ansiedad que terminara el día, pues las horas nocturnas eran para él de gozo y de placer.

Ahora teme la llegada de la noche.

En ella se le despierta el pensamiento, y el sevillano ha rehuido siempre el acto de pensar.

Piensa que el mucho pensar estorba el mucho vivir.

Con las sombras le llegan a Don Juan otras tinieblas, malos recuerdos de riñas y pendencias; de intrigas cortesanas; de necias ambiciones de poder.

Entonces se pone triste, y se hunde en su sillón frailero por ver si así esas memorias ingratas no lo ven.

Pero un recuerdo lo mira y va hacia él. Es un recuerdo de mujer.

Con él las tinieblas se disipan, y el corazón y el alma del anciano se estremecen de luz.

Ya es de noche en el mundo, mas no en Don Juan.

La evocación de aquel antiguo amor ha hecho que en Don Juan amanezca el día.

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