diciembre 4, 2020

La pregunta clave es si la corrupción es un instrumento para el avance de un proyecto político o un mal que debe ser erradicado.

Lo que es cierto es que no se pueden lograr los dos propósitos al mismo tiempo porque se trata de una flagrante contradicción: o se utiliza a la corrupción o se le persigue con el objeto de eliminarla del panorama.

La evidencia a la fecha es que la corrupción es un instrumento en manos del de algunos gobierno para la consolidación de su base política y proyecto de poderque algunas veces puede ser bueno, pero generalmente es malo. 

El otro factor que promueve y, de hecho, hace posible, la corrupción, es la naturaleza del sistema legal que nos caracteriza.

En Costa Rica un inspector de obras de construcción sabe que su trabajo no depende de asegurarse que se hayan seguido los planos originales o autorizados, sino de negociar con los constructores las diferencias que existan respecto al proyecto inicial.

Sin embargo, la culpa no es del inspector o del constructor, sino del sistema que le confiere tan vastas facultades discrecionales al inspector, mientras dificulta seguir las reglas, generalmente confusas y lentas en su aplicación..

Esas facultades discrecionales acaban siendo arbitrarias porque no se apegan a ningún código, regulación o criterio previamente establecido y debidamente publicado (condiciones elementales de cualquier Estado de derecho).

Las facultades con que cuenta un inspector se van magnificando en la medida en que uno sube la escala burocrática.

La corrupción adquiere muchas formas en el país y no todas involucran dinero.

El aprovechamiento de recursos públicos, el uso del presupuesto, la compra de terrenos por donde pasará una carretera y tantos otros medios de enriquecimiento tradicional son parte intrínseca de lo que ha sido Costa Rica y no hay un solo partido político que salga invicto de ello, incluyendo al que gobierna en la actualidad.

El uso de recursos públicos para nutrir clientelas es corrupción pura y dura.

Las dos fuentes clave de corrupción -la naturaleza de la ley y el pago de lealtades- se pueden erradicar porque ambas surgen de factores conocidos y, al menos en principio, modificables. Pero nada de eso se está haciendo.

El encarcelamiento de un exfuncionario o el uso del púlpito para atacar supuestos adversarios en nada se diferencian de las prácticas de antaño.

Se trata de un escarmiento y no de un proceso de erradicación del fenómeno: se actúa con un criterio acomodaticio, no de acuerdo con lo que marca la ley.

La retórica cambia, pero la corrupción persiste: se trata, como siempre en el periodo de la consolidación del poder.

Nada más.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: