Daniel Ulibarri

Semanita santa

Llegó a mi escuela de otro continente un dizque predicador famoso por su “elocuencia” y su “sabiduría”.

A él le oí decir en un sermón dirigido a muchachos:

Levanten la mano los que crean, como ese tal Darwin, que el hombre desciende de los changos“.

Nadie la levantó, por supuesto. “Qué bueno -nos felicitó-. Si alguno la hubiera levantado es porque era un hijo de puta“.

Los piadosos jóvenes católicos reían jubilosos y aplaudieron con entusiasmo la ingeniosa gracejada. Fui el único que no lo hizo. El único a quien el predicador agarró entre ojos.

Cosas de ayer son todas éstas. Pero no se confundan. Cosas similares y peores suceden hoy en día.

Todo pasa. Y todo se queda.

Este año por primera vez en la historia la familia real de España no asistirá a ninguna función religiosa esta Semana Santa.

Eso en la tierra de los Reyes Católicos y de Francisco Franco, más católico y más rey que ellos.

Casi no se hace ya quema de Judas, habiendo tantos, los más de ellos repartidos equitativamente entre los varios partidos políticos.

Se acabaron ya los oradores sagrados -eso para bien de la humanidad doliente-, y en semanita santa las playas de turismo son el escaparate de los siete pecados capitales enumerados por la Iglesia, y de otros que la Iglesia aún no ha descubierto.

Ya no hay religión“, parecía lamentar mi abuela Emma como esas viejas que lloran cuando oyen cantar Amor perdido.

Yo no me puedo dividir en dos. Soy solamente un hombre. El mundo está en guerra. Esto es el colmo.

Por una parte podría lamentar que ya no hubiera religión, pero por la otra celebro que ya no hay tanta religión.

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