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Daniel Ulibarri

Santísima Trinidad

-Señor –preguntó Adán– ¿para qué diste a los cocuyos esa pequeña luz con que brillan en la noche?

Y ¿para qué diste su canto a las ballenas?

Para facilitarles sus encuentros de amor.

Por la misma razón: para que puedan encontrarse y amarse en la profundidad marina.