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noviembre 25, 2020

-Señor –preguntó Adán– ¿para qué diste a los cocuyos esa pequeña luz con que brillan en la noche?

Y ¿para qué diste su canto a las ballenas?

Para facilitarles sus encuentros de amor.

Por la misma razón: para que puedan encontrarse y amarse en la profundidad marina.

Y a las flores, Señor, ¿para qué les diste su color y su perfume?

También el aroma y el colorido de las flores sirven al amor.

Ya veo –dijo entonces Adán–. Todo está encaminado al amor.

Y dijo Dios:

Todo está encaminado a la vida. El amor, la vida y yo somos la misma cosa.

Ahora entiendo –reflexionó el hombre–. Una trinidad.

–concluyó el Señor–. Una santísima trinidad.

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