septiembre 22, 2020

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Estas ciruelas llevan lindo nombre. Se llaman «Santa Rosa».

Tienen la sabrosura que deben haber tenido los frutos del paraíso terrenal. Comés una y eso te endulza la vida lo menos dos semanas.

Ponés otra en un canastillo sobre la mesa del comedor, y tu casa y las dos vecinas quedan aromadas durante días.

Este año tuvimos muy pocas ciruelas. «Apenas para el gasto«, dice don Abundio. Y es que sufrimos una amable plaga.

Los venados llegaban a la huerta a la hora del amanecer, o a la caída de la tarde, y daban buena cuenta de los ricos frutos.

Una madrugada conté ocho ciervos disfrutando el ágape. Se alzaban sobre las patas traseras para alcanzar las ciruelas de las ramas altas.

Yo tengo dada la orden de que no ahuyenten a esos golosos visitantes. Los bienes que da el Señor han de ser para todas sus criaturas.

La visión de los gráciles animales, la elegancia de su andar una vez acabado aquel banquete, los airosos saltos con que escapan al sentir nuestra presencia; todo eso compensa con creces la pérdida que tanto desespera al encargado de la huerta.

Cómanse los venados todas las ciruelas.

Déjenme solamente dos, una para gozo del cuerpo, otra para aroma del alma.

Un pensamiento en “Santa Rosa

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