Daniel Ulibarri

Romántico desliz

Quiero que los adúlteros se emocionen por el pánico, de noches a mañanas, adrenalina al regresar a casa.

Quiero mantenerme duro, tener tus queques y comérmelos también.

Quiero la muerte del taladro aburrido del corazón y la burla barata del amor.

¿Cuánto romance está cerca del alivio?

El sonido que pienso es el suspiro del anhelo finalmente queda claro es el gemido de un orgasmo arrepentido.

El primer deseo es sentir que uno es deseado, no solamente deseado, sino preferido.

También necesito un obstáculo: el escrúpulo, la ligera deformidad, el perro que ladra y muerde.

La última ironía es mi arrogante demanda de que el mundo se convierta en mi deseo…

Voy a preparar la cena, carne de res astillada o tostadas quemadas para un dios devorador.

Lo máximo que puedo ofrecer, mi oferta final, digamos que son un par de semanas, quizás un mes.

Soy todo tuyo.

Te comeré y beberé, te despertaré y soñaré, te haré desear lo que yo deseo.

Lo menos que falta es el querer.

Un halagador alrededor de un tirano tartamudea tratando de adivinar lo que su amo está a punto de decir.

Incluso su propia boca se convierte en un destierro repentino.

Todo se conoce por un nombre secreto, tirando hilos de seda al instante del ojo.

Quiero poner mi mano justo dentro de esa herida, tan caliente y familiar.

Tu carne es mi hogar.

Constelaciones turbias, coartadas en zigzag, el dolor empapado cuando estamos solos.

Miro hacia el cielo nocturno…

Llegó la hora de tragarme la amarga perla de tu tormenta.

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