octubre 27, 2020

Cuando el hijo mayor de don Cornelio cumplió 5 años de edad declaró su intención de ser él quien les diera el maíz a las gallinas y llevara a la vaca a comer hierba.

Su padre le preguntó por qué.

Porque quiero trabajar -dijo el chiquillo.

Don Cornelio lo tomó de la mano y lo llevó a donde estaba el árbol seco.

Si querés trabajar riega todos los días este árbol.

Desde entonces lo primero que hacía el niño en la mañana era llenar un botecito de agua y echarla al pie del tronco muerto.

¿Por qué le pediste eso? -se molestó la esposa de don Cornelio-. Ese palo está seco; nunca va a retoñar.

El que quiero que retoñe es él -contestó el padre.

Y creo que retoñé -me cuenta Cornelio hijo-. A los pocos días me dijo mi papá: <<Ya demostraste que sabés obedecer. Ahora podés mandarte vos solo. Elegí el trabajo que querás hacer>>”.

No sé si los educadores aprobarán el método de don Cornelio.

Yo lo apruebo. Hizo de su hijo un hombre libre.

Entiendo que en eso consiste la obra de educar.

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