septiembre 30, 2020

La política del resentimiento

 

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Los griegos veían a la democracia como una fraternidad dedicada a impedir la tiranía.

Sus resultados, sin embargo, no impresionaron a los federalistas, aquellos pensadores que dieron vida al sistema político norteamericano: para ellos, era fundamental evitar la “tiranía de la mayoría” porque un sistema democrático debía igualmente proteger a las minorías.

Su preocupación era muy específica: desatada la furia, nada puede contener a una turba violenta.

El problema de fondo es, y siempre ha sido, que hay diferencias naturales entre los ciudadanos: riqueza, habilidades, origen, preferencias, educación.

Las diferencias sociales son una parte inexorable de la historia de la humanidad y la democracia es una forma de tomar decisiones que les permite a todos los ciudadanos participar de manera equitativa independientemente de esas diferencias.

Son las políticas que adopta el gobierno elegido democráticamente las que deben lograr atenuar las diferencias e igualar las oportunidades.

El resentimiento es una reacción visceral al contraste entre la promesa de igualdad inherente a la democracia frente a las inequidades flagrantes en los resultados del proceso político o cuando los contrastes entre pobreza y riqueza son mayúsculos.

El grado de contraste es material propicio para políticos e intereses especiales dedicados a explotar las diferencias sociales y los privilegios de que algunos gozan como medio para avanzar sus causas: ganar apoyo popular y, más comúnmente, manipular a la población.

El resentimiento que es inherente a la sociedad humana acaba siendo un instrumento del poder para controlar a la población: la estrategia más típica de demagogos como Perón, Chávez o Trump, y del sistema fascista concebido por Mussolini.

En esto no se diferencia mayormente de otros experimentos en el mundo o en el sur del continente, todos los cuales acabaron en el ocaso: unos por quebrar a sus economías, otros por provocar respuestas violentas.

Cualquiera que sea el método, ninguno de esos ejemplos benefició a la población o permitió su prosperidad, pero todos empobrecieron a la ciudadanía y mancharon a sus seguidores.

El problema es que, una vez desatado el encono, retornar a un mundo de concordia se torna casi imposible. Ahí están Venezuela, Argentina y Chile como ejemplos donde el rencor nunca fenece.

La realidad latinoamericana está tan caldeada que quien llegue con un plan bien podría convertirse en un nuevo líder.

El riesgo es que el plan sea como el de Evo Morales, Hugo Chávez, Jair Bolsonaro y, más recientemente, Andrés Manuel López Obrador en México y toda América Latina acabe en el ocaso, como tantos otros experimentos en la historia.

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