septiembre 27, 2020

Si nos cambian los recuerdos

 

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La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda“, escribió García Márquez.

Ordenamos las experiencias hacia atrás: el presente es caótico; en cambio, el pasado tiene lógica. La memoria da sentido retrospectivo al azar, transformándolo en destino.

¿Qué activa el recuerdo? Una melodía, una fragancia, un pan remojado en una taza de café hacen que la mente recupere un tiempo perdido.

Esto ocurre al margen de nuestros propósitos; la ley de la memoria involuntaria es una suerte de desorden creativo. El cerebro se estimula con una materia que le pertenece, pero estaba oculta.

Recordar es un esfuerzo de ensayo y error que, pese a todo, lleva a una versión definitiva: las cosas no son como suceden sino como se recuerdan.

La duda otorga atractiva verosimilitud a la narración; los sucesos remotos son borrosos, pero también lo es la forma de recuperarlos.

Aunque esta dinámica es rigurosamente individual, también depende del entorno. A veces recordamos gracias al mundo; a veces, en contra de ese mundo.

Dependemos de recuerdos en el plano individual; sin embargo, en la experiencia colectiva, no tomamos decisiones a partir de juicios históricos.

Desde el punto de vista social, la memoria es una especialidad que practican unos cuantos. Los historiadores, los periodistas y los científicos buscan antecedentes y establecen causalidades.

Sin embargo, para la mayoría, todo ocurre siempre por primera vez.

Esto explica en forma dramática nuestro tiempo, donde la ideología supera al conocimiento y las promesas de un demagogo son vistas como novedades.

El fanatismo populista que llevó a la catástrofe hoy cautiva a numerosos votantes, y Rusia, China y Estados Unidos se embarcan en una nueva guerra fría, de índole tecnológica y biopolítica.

El mundo revive el pasado que no ha sabido recordar…

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