octubre 27, 2020

Rectificación y descalificación

La característica fundamental del ser humano no es pensar, sino creer que piensa.

En El error de Descartes, António Damásio señala que los recientes estudios del cerebro revelan que las decisiones que tomamos no dependen del raciocinio, sino de la emoción. De ahí el título del libro.

El neurocientífico portugués sostiene que Descartes se equivocó al definir al ser humano como “cosa pensante”.

En consecuencia, el célebre lema “Pienso, luego existo” podría reescribirse como “Siento, luego existo”.

¿Explica esto que las telenovelas tengan más éxito que la ciencia? El asunto no es tan sencillo.

Aunque la razón llega después que la pasión, no sólo actuamos por corazonadas. Además, los impulsos emocionales no siempre son definitivos.

El menú de la conducta humana incluye la enmienda, la recapacitación, la duda y el arrepentimiento.

Lo peculiar es que todas estas facultades han perdido valor.

¿Hace cuánto no oímos que alguien diga: “Rectificar es de sabios”?

Las redes sociales permiten respuestas tan veloces que responden más a la neurología que a la comunicación: en lo que pasamos del sentimiento al raciocinio ya dimos like.

Las palabras en estado de aceleración no dicen lo mismo que las palabras en estado de reposo.

La condena puede ser instantánea; en cambio, la rectificación necesita tiempo.

Alimentadas por la prisa, las plataformas digitales se prestan más al linchamiento que a la reflexión.

Esto ha contribuido a un significativo viraje cultural.

La descalificación sustituye en tal forma a la argumentación que nos preocupamos si alguien dice: “lo voy a pensar”.

En tiempos de certeza express, el que pondera parece al borde de una crisis.

Aprendemos de quien piensa en forma diferente; por eso pocas cosas son tan relevantes como el “orgullo de ser persuadido”.

¿De veras conservamos el gusto de que nos convenzan?

Esa conducta, decisiva para la inteligencia, goza de escasa popularidad en nuestra época.

En las redes sociales y en la política contemporánea, el que rectifica pierde.

De Bolsonaro a Trump, pasando por Putin, los presidentes distorsionan los hechos. Pero eso no es lo más grave: si recapacitaran, se debilitarían.

La intransigencia es un exitoso recurso de propaganda.

En un mundo donde las redes estimulan instantáneas respuestas binarias, los votantes no quieren medias tintas; necesitan declaraciones contundentes: rumbo cierto.

La lealtad a los ideales es loable. Pero también lo es corregirlos en forma razonada.

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