septiembre 24, 2020

Pilatos no encontraba culpa en aquel Jesús que le presentaron para ser juzgado. Con frases vagas respondía el reo a las acusaciones; otras veces oponía hondo silencio a las preguntas.

Algo tenía el hombre, sin embargo, que le daba semejanza a un dios.

Era quizá la majestad que fluía de su cuerpo, erguido frente al escarnio de la turba, o la suave dulzura con que veían sus ojos, o la serenidad con que afrontaba el riesgo de la muerte.

Por eso, y porque su mujer conoció en sueños la inocencia de aquel justo, Pilatos no sabía qué hacer.

Mandó traer a Barrabás, pues por esos días se regalaba al pueblo la libertad de un condenado. Y presentando a Jesús y a Barrabás ante la muchedumbre, Pilatos pidió al pueblo que le dijera a cuál de los dos quería dar la libertad.

¡A Barrabás! -gritó con una sola, enorme voz el pueblo.

Así, Pilatos dejó libre al culpable y condenó a morir al inocente.

Se lavó las manos, y mientras se las enjugaba decía para sí:

Obré con tino: dejé que el pueblo bueno y sabio decidiera, y ya se sabe que el pueblo siempre tiene la razón.

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