Ésta es la hora que no es ninguna hora.

El día no es todavía día, y la noche no acaba de ser noche.

En su lecho -esto pretende ser prosa poética, por eso el que escribe no escribió «en su cama«- el hombre se da vueltas tanto de cuerpo como de alma.

Ya está sobre su costado izquierdo o sobre el derecho; ya sueña, ya recuerda.

Entonces una sombra se le aparece al hombre.

Esa sombra es él mismo.

Le hace preguntas que el hombre -la sombra- no puede contestar.

«¿Quién sos?».

«¿Qué sos?».

«¿Por qué sos lo que sos?».

«¿Por qué no sos?».

Esas preguntas, y la reiteración cacofónica de la palabra «sos», hacen saber al hombre que su prosa no es poética.

Es solamente prosa. Y muy prosaica.

Se vuelve entonces en la cama al otro lado.

Por el cristal de la ventana entra la primera claridad del día.

Tampoco eso es prosa poética. Es lugar común.

El hombre sufre porque no es lo que quisiera ser.

Pero sufre más porque es lo que es.

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