Daniel Ulibarri

De Putin a Stalin y la propaganda de Estado

Si hubiesen existido las redes sociales en junio de 1941, con certeza más de un tuit del círculo más cercano a Iósif Stalin se hubiera filtrado al exterior.

Molotov, Beria y hasta el general Zhukov, hubieran mandado mensajes apenas cifrados.

Todos sabían lo que iba a suceder -hasta la fecha y hora del inicio de la invasión alemana- pero nadie podía hablar con el camarada Stalin que había desechado decenas de mensajes no sólo de Churchill, sino de los astutos y preparados espías soviéticos regados en todos los países del mundo, desde Japón hasta Estados Unidos.

Todo era una “campaña de desinformación británica“.

El gran paranoico de la historia rusa confiaba a ciegas en Adolfo Hitler.

A fines de junio, decidió comprar la última mentira de Hitler: había congregado al más poderoso ejército en la historia europea en la frontera soviética -casi 4 millones de soldados, miles de tanques, piezas de artillería y aviones- para “maniobras militares“.

Si hubiera habido tuits tal vez se habrían vuelto virales algunos de Molotov, el hombre más cercano a Stalin, que hubieran relatado brevemente entre líneas que el camarada Stalin se había negado a poner en estado de alerta a los escasos batallones que resguardaban la frontera de la URSS y había prohibido responder a cualquier ataque alemán: son “provocadores“, les había advertido a quienes lo rodeaban.

Hitler y él tenían un acuerdo de paz inquebrantable.

Las redes le hubieran ahorrado mucho trabajo al equipo que MI6 -la institución británica encargada de la seguridad externa y espionaje- había reunido para descifrar Enigma, el complejo código de comunicación entre líderes y militares nazis, y tal vez, hubieran abierto canales de comunicación soterrados con los asesores de Stalin y publicado en la prensa inglesa información sobre la tragedia que iba a caer sobre los soviéticos.

Sobre todo, datos del tamaño del iceberg de las purgas al Ejército Rojo, que Stalin había disfrazado con juicios amañados a unos cuantos “traidores“, “agentes extranjeros” y siempre troskystas.

Las cifras exactas no se hubieran conocido ni en Internet, si en 1941 hubiera habido un universo digital como ahora.

Nadie se hubiera atrevido a mencionar que en 1937 Stalin había ejecutado o metido a prisión a decenas de miles de militares.

Pero las redes podrían haber viralizado atisbos de la pérdida de estrategas como el mariscal Tukhachevsky, que hubiera evitado las primeras derrotas soviéticas si Stalin no lo hubiera mandado fusilar, y de la debilidad del Ejército Rojo y el poderío del nazi que enfrentaba y haber convencido a Stalin, al menos, de poner en estado de alerta a sus tropas fronterizas.

Cuatro años después, un 9 de mayo, Stalin festejó una victoria casi pírrica sobre los nazis.

En buena parte, gracias a su inexperiencia militar, soberbia y credulidad frente a Hitler, 24 millones de soviéticos habían muerto (entre ellos, por cierto, 8 millones de ucranianos) y el país estaba en ruinas.

Por supuesto que ésta no es la historia que contará Vladimir Putin mañana.

La ha reescrito, cancelado el acceso a Internet a los rusos de hoy y convertido a la guerra de Stalin en una confrontación interminable y actual con los supuestos sucesores de los nazis históricos.

En el cascarón de la epopeya militar sin fisuras en que ha transformado la guerra de los cuarenta ha colocado ahora como neonazis a todos los que se oponen a la etapa superior de su propio imperialismo: la expansión militar a toda la esfera de influencia soviética empezando por Ucrania.

En una extraña reedición de la realidad, volteó la historia de cabeza: desplegó a más de 100,000 hombres en la frontera ucraniana, emprendió su propia blitzkrieg y ordenó a sus soldados destruir todo a su paso, torturar y asesinar a la población civil y borrar a Ucrania del mapa.

Muchos rusos que carecen de información independiente se han tragado no sólo el cuento de la desnazificación de Ucrania, sino, y más increíble aún, que las imágenes de las atrocidades que han cometido los rusos son montajes ucranianos.

Pero las redes existen y el mundo ha visto a diario por meses la devastación moral de una generación completa de soldados rusos que han aprendido, como aquellos alemanes que invadieron la URSS en 1941, a torturar y asesinar a un enemigo deshumanizado por la propaganda del Estado.

Putin ha convertido a los rusos en los neonazis de su narrativa.

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