Daniel Ulibarri

Prado

Cuando me corrí, llovió.

Los cuervos instalaron sus peleas entre clanes en los juncos, y salió la luz.

Primero oscurecer, luego iluminar. Y luego puro fuego.

¿De dónde viene? De de lo impuro. De lo húmedo.

El brillo sube del olor empapado de la hierba, levitando.

Prado de luz en el crepúsculo para congregar luminosidades que oscurecen a las flores de cabeza pesada.

Prado que se estanca en el horizonte, se agrieta, encendiendo la parte inferior de las nubes: llama rosa, llama roja, bermellón, púrpura, púrpura más profundo, oscuro.

Se levantan cigarras maníacas afinando detalles para rasgar la tela del silencio hecho jirones,

para que aquella noche, si quiere, se venga como un mendigo a la puerta.

Si uno se niega a ofrecer leche a la figura mutilada del dios, tu pozo ensuciará y tus cosechas se marchitarán en los campos.

La noche es el dios vestido como el mendigo bebiendo dulce de leche.

Barba gris, piernas delgadas, la mirada en los ojos.

Idiota, insoportable, la boca arrugada entreabierta,

como de un infante que ha llorado y succionado

y llorando se detuvo para recuperar el aliento.

El nudo rosa del pezón brilla.

Mamaré de ese pecho, el del canto de la iluminación murmurante

de los campos antes de que se ponga el sol.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: