La vida en el Potrero es vida franciscana:

es clara y buena, y dócil como una perra mansa.

Aquí la vida no necesita palabras.

Sucede, simplemente. Así la flor y el agua.

La muerte es también pobre, humilde y recatada.

Llega porque es costumbre, y nadie dice nada.

El señor Dios salió temprano esta mañana,

y fue el sol, y fue el aire, y la gente, y la casa.

El día, somnoliento, asomó a la ventana

y se bebió la luna.

Ahora las nubes pasan, y en el camino,

lentas, se reflejan en vacas.

Doña Rosa lavó. Tendió su ropa blanca…

Ya no habrá en todo el mundo un alba así, tan alba.

Y yo ¿por qué estoy triste? Mi sangre duele, y sangra.

Lo turbio en mí es más turbio, y la maldad más mala.

Quisiera lavar y tender al sol el alma.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: