octubre 27, 2020

Porritas llevó a su esposa Doña Gorgona a conocer el Cochibamba, cabaret de moda que ella siempre había querido conocer.

“Oh no, mujer -se azaró el señor Porritas-. Jamás he estado en ese sitio, pero según he oído es un antro de muy mala muerte y de peor vida, un infecto tugurio donde toda inmoralidad tiene su asiento y toda truhanería hace su habitación. Una señora casada como vos nada tiene que hacer en un lugar así”.

Replicó doña Gorgona:

“Todas mis amigas han ido a ese centro de espectáculos, y me dicen que se divirtieron mucho. Yo también quiero ir”.

Cualquier marido sabe que cuando una esposa se propone algo siempre lo consigue: no hay hombre que resista el sutil poderío de su mujer, si el tal hombre tiene el alma en su almario y es además un caballero.

Así el señor Porritas acabó cediendo a las repetidas instancias de su cónyuge y accedió por fin a ir con ella al famoso Cochibamba, cabaret de moda.

Llegados que fueron al lugar el portero se llevó la mano al sombrero de copa que lucía como parte de su atuendo y saludó con evidente familiaridad al recién llegado:

“Buenas noches, señor Porritas”.

Doña Gorgona se atufó.

“¿No me dijiste que nunca has venido a este lugar?”.

“Y no he venido nunca -aseguró él-. Oíste mal. El portero dijo ‘Señor Borritas'”.

El capitán de meseros acudió a recibir a la pareja.

“Qué gusto verloseñor Porritas” -se inclinó ceremonioso.

Otra vez doña Gorgona se encrespó:

“Veo que te conoce. ¿Y decís que no has venido aquí?”.

“Te repito que jamás he estado -reiteró el señor Porritas-. El hombre es mi cliente desde hace algunos años. No sabía que trabajaba aquí”.

Vino el mesero a levantarles la orden.

“Hola, señor Porritas -dijo amistosamente-. ¿Otra vez por aquí?”.

Subió de tono la indignación de la señora:

“¿Y todavía te atrevés a decir que no has venido a este cuchitril? ¡Sos un mentiroso!”.

“Te he dicho la verdad, mujer -protestó el señor Porritas-. Seguramente el capitán le dio mi nombre al camarero, y éste me dijo lo mismo que les dice a todos”.

En eso se apagaron las luces del local y un reflector iluminó el escenario.

Apareció el maestro de ceremonias, de smoking, bigotito teñido, zapatos de charol y cabello engominado.

“Buenas noches, señoras y señores -dijo con engolado acento-. Les damos la bienvenida al Cochibamba, el lugar donde cada noche se da cita la buena sociedad. Voy a pedirles un aplauso para alguien cuya presencia nos honra y engalana siempre: ¡el señor Porritas!”.

Sonaron las palmas y se oyeron gritos de los asistentes:

“¡Quihubo, Porritas!”.

“¡Bravo, Porritas!”.

“¿Cómo estás, Porritas?”.

El señor se aturrulló.

“No sé de qué se trata esto -le dijo confuso a su iracunda esposa-. Será una broma que le hacen a los que vienen por primera vez al cabaret”.

En eso salieron las coristas bailando un son morucho cuyo estribillo decía:

“¡Qué bonitas! ¡Qué bonitas!”.

De pronto se volvieron de espaldas, se agacharon, mostraron el derrière y gritaron desfachatadamente:

“¿De quén chon estas nalguitas?”.

Respondieron ellas mismas:

“¡Del señor Porritas!”, a coro con los hombres de la orquesta, los meseros, los asistentes todos y los taxistas que esperaban fuera.

Entonces sí ya no se pudo contener doña Gorgona.

Se levantó de la silla y empezó a darle a su casquivano marido fuertes golpes con su bolso ante la risa de la concurrencia.

Colorado como un tomate salió a trompicones el señor Porritas seguido de su fiera consorte, que hecha una furia le daba de bolsazos una y otra vez.

Vio aquello el portero y comentó meneando la cabeza:

“Esta noche sí que le salió brava la mujer, señor Porritas”

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