Si los poetas de hoy hablaran el lenguaje de la gente volverían a hablar de las golondrinas. Se han olvidado de ellas, igual que de la rosa. Su castigo será que las rosas y las golondrinas se olviden de los poetas.

No ganará la rosa aquel poeta que escribe para otros poetas, ni en torno de él volará una golondrina.

La flor y el ala serán para el poeta que escriba para la gente. Porque sólo la gente común da la inmortalidad. (Diría yo «el pueblo«, si la palabra no estuviera tan rota y tan ajada).

Las palabras que sirven para decir «rosa» y «golondrina» están recién creadas. Se dicen siempre por primera vez.

Yo digo esas palabras, hechas con sílabas de vida, y siento que he dicho dos poemas.

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