diciembre 5, 2020

Esta flor tiene un nombre que en mi comarca se pronuncia en modo sonoramente esdrújulo.

Se llama “plúmbago”.

Es una linda flor.

La mañana en que el Universo la creó -tiene que haber sido una mañana- la madre naturaleza seguramente estaba algo insegura: el azul de la flor no es un azul azul; es un azul un poco azul, un vago azul, un titubeante azul.

Hay cosas que son absolutamente azules. El cielo del verano guanacasteco, por ejemplo. Su azul es tan azul que casi grita lo azul que es.

Otra cosa muy azul son los ojos de una mujer de ojos azules. Tan azul es ese azul que es capaz de pintar de azul el corazón del hombre que la ama.

El azul del plúmbago, en cambio, el azul plúmbago, es un azul niño, un azul que apenas empieza a ser azul. Su azul es la letra a del color azul.

Alguna vez quizá la flor del plúmbago será en verdad azul. Ojalá no llegue yo a ver eso.

Prefiero el azul tímido de esta tímida flor que no se atreve a ser del todo azul. Tampoco yo me atrevo a ser del todo yo.

También, como la flor del plúmbago, soy un poco yo, un vago yo, un titubeante yo.

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