octubre 29, 2020



“Estoy embarazada –le anunció Dulcibel a su mamá en el teléfono–. El padre de mi bebé es alcohólico, drogadicto y se dedica al narcomenudeo. Aun así lo amo y voy a casarme con él. Nuestro problema es que no tenemos dónde vivir”.

“Eso no es problema –contestó la señora–. Vénganse a nuestro departamento”.

Opuso Dulcibel:

“Es muy pequeño. Tiene solamente dos cuartos, el tuyo y el de papá”.

“Por mí no te preocupés –replicó la madre–. Después de colgar el teléfono me voy a caer muerta”.



La novia de Babalucas era muy romántica.

Una noche le pidió, vehemente, a su novio:

“¡Decime al oído palabras del corazón!”.

Empezó Babalucas a musitarle en la oreja:

“Sístole… Diástole… Arritmia… Taquicardia… Ventrículos… Válvula mitral…”.



En el confesonario el padre Arsilio le preguntó al penitente:

“¿Le es fiel a su esposa?”.

“Sí, padre –respondió, firme, el sujeto–. Y muy frecuentemente”.



Inepcio, muchacho poco docto en ciencias y artes de la vida, contrajo matrimonio.

La noche de las bodas se comportó en forma desmañada, pues ninguna experiencia tenía en esos combates, los de amor, que –escribió Góngora– se libran en campo de plumas, o sea sobre un colchón, en términos prosaicos.

Al terminar el acto, tan mal actuado por su parte, el imperito galán se disculpó:

“Perdóname, Friné. Es que no sé cómo se hace eso”.

“Ya me di cuenta –replicó ella–. Espero que al menos sepas cocinar”.



El joven Bragueto cortejaba con asiduidad a Aurisa C. Rafames, mujer de edad madura y escasos atractivos, pero dinerosa.

Un día ella le dijo, suspicaz:

“Creo que me buscas nada más por mis millones”.

“¡No me ofendás! –protestó muy digno el pretendiente–. Pero ya que has tocado el tema, decime: ¿cuántos tenés?”.



Himenia Camafría, célibe madura, dijo sus oraciones de la noche:

“Señor: yo sé que no debo caer en las tentaciones, pero al menos mándame una, pa’ calarme”.



“Mi marido es muy malo –se quejó la joven esposa con su vecina–. Me hace sufrir tanto que en tres meses que llevo de casada he perdido 9 kilos”.

“¡Préstamelo!” –le pidió, suplicante, la vecina.



Doña Macalota dijo en la merienda de los jueves:

“Por estos días mi marido pertenece al sexo débil”.

“¿Cómo es eso?” –preguntó, intrigada, una señora–.

Explicó doña Macalota:

“Cada vez que me hace el amor queda completamente débil durante más de un mes”.



Lord Feebledick y Sir Highrump bebían una copa de oporto en su club.

Dijo sir Highrump:

“¿Supiste lo que hizo Cuckoo? Se divorció de su mujer, dejó a sus hijos, liquidó su empresa, vendió todos sus bienes y se fue a vivir a una cueva del Sahara en compañía de un avestruz”.

Comentó Lord Feebledick:

“Siempre supe que Cuckoo era un excéntrico”.

“No tanto –acotó Sir Highrump con británica flema–. El avestruz es hembra”.



Don Gerontino, señor de edad provecta, cortejó asiduamente a Dulcimel, muchacha en flor de edad, y consiguió que ella aceptara acompañarlo a su departamento.

Ahí le hizo el amor en modo que dejó satisfecha a la joven mujer, tanto que ésta le pidió, anhelante:

“Quiero hacerlo otra vez”.

Respondió con voz feble el veterano:

“Espéreme unos tres meses, linda, a ver qué le puedo juntar”.



 

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: