septiembre 24, 2020
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No hay país más afectado en el mundo por la Covid-19 que EEUU.

Según el FMI, la economía estadounidense se contraerá un 5.9% este 2020, con más de 40 millones de empleos perdidos.

Otros países tendrán caídas económicas más duras, pero con más de 1.8 millones de casos y con más de 100 mil muertes, EU concentra casi un tercio de los fallecimientos mundiales por el nuevo coronavirus humano que pone en riesgo la elección presidencial de noviembre.

Además de lo anterior, la polarización por la pandemia aumenta, la violencia racial no cesa y el asesinato de un hombre afroamericano por un policía blanco desató protestas y estados de sitio en varias ciudades.

Poco representa el cambio de época que vivimos como el declive de EU. Trump llegó a la Presidencia en una afrenta a los valores liberales de la democracia estadounidense.

Los 8 años de Obama significaron una enorme esperanza para transformar realidades, pero en los hechos el primer afroamericano en la Casa Blanca movió poco los indicadores de bienestar, y justicia racial. Incluso tiene el historial de haber deportado a más inmigrantes que su antecesor republicano.

A la distancia, Obama fue un maestro de los símbolos, una Presidencia necesaria y urgente, pero acotada, débil y poco transformadora.

El cambio de época hoy se profundiza. Trump amenaza a las instituciones del sistema multilateral creado a partir de 1945. Lo mismo abandona la UNESCO, amenaza a sus aliados de la OTAN o abandona en una rabieta, aunque no sin sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Trump ya era un síntoma de la crisis del sistema en el que vivimos, pero la Covid-19 parece magnificarlo.

La polarización que inició en la década de los 60 en torno a la raza, el género, la guerra o la identidad partidista, hoy se fortalece con la pandemia.

Los estados más demócratas han empezado la reapertura de sus economías y de forma más pausada, con medidas más estrictas de distanciamiento, como el uso obligatorio del cubrebocas, mientras que los estados más republicanos reabren mucho más aceleradamente y en las calles la gente ha abrazado la nueva normalidad como si nada.

El cubrebocas es ya un símbolo partidista, incluso pro o anti Trump.

En el horizonte inmediato, la democracia estadounidense tiene una cita electoral, pero nunca había sido bajo un panorama tan incierto.

Este 2020 la historia de traspasos pacíficos del poder, de comicios ininterrumpidos en una de las democracias más estables del mundo está a prueba. Nadie sabe aún cómo será la elección del próximo 3 de noviembre.

Por lo pronto, el candidato demócrata no ha podido hacer mítines con gente y Trump tiene la atención mediática al 100. Más aún, todavía ni siquiera hay claridad sobre si las convenciones partidistas serán virtuales.

El sistema electoral estadounidense está fragmentado y como tal no habrá un solo proceso presidencial, sino 50, uno en cada estado, regido por la autoridad local y con reglas distintas para la votación. La elección podría ser caótica y el escenario postelectoral peor aún.

Sin embargo, nada desnuda mejor el estado de las cosas en EEUU que la persistencia de la violencia racial.

El reciente brutal asesinato de George Floyd ha vuelto a despertar la ira de activistas que están hartos de ver la misma historia repetida cada semana, desde hace décadas.

La represión policiaca, el racismo y la crueldad con la que esa sociedad ha tratado a las poblaciones afro, principalmente, pero también a otras minorías. Ni la Covid-19 ha parado la protesta de miles y eso es lo único positivo, el activismo y la protesta no cesan en una democracia.

Este parece el único punto esperanzador en este cambio de época que parece traer solo penumbra, tal y como se quedó la Casa Blanca hace unos días, por no decir tal y como está desde hace casi 4 años.

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