Esta noche estoy solo en la cabaña. 

No hay sangre en mi lengua ni manos,

pero todos los elementos cambian.

Cada minuto o dos, otra polilla se mete a través

de la llama de la vela, una bocanada polvorienta,

violento el silencio que paraliza las almas.

Algunas caen medio selladas en cera,

otras se pudren carbonizadas sobre la mesa.

A puñados, cada hora, las arrojo a la estufa.

Así de fácil es darles pequeñas muertes,

a esos bichos miserables -los pájaros menos musicales.

No hay explicación para esto, aunque me temo que

lo que llaman  salvación es una empresa

tan falsa como es lo «eterno».

La paz interna solamente adorna, como la paciencia.

Insisto en sumergirme por completo,

como si fuera un bautizo cada recuerdo,

de todos mis pequeños muertos.

Bendita la ignorancia después de la muerte

no existe nada que temer  cuando  hay nada  por perder.

Tengo mis propias ideas sobre quién morirá primero.

Mi alma canta su jerga legal consciente

como un pitbull militar y litigante

que ladró por años subiendo rocas por la  montaña,

viéndolas pasar como segundos y horas cada vez,

como mis propias pequeñas muertes.

Me despido de lo que estaba pensando:

en la montaña, las subidas y bajadas,

porque sueño con un agujero profundo,

mi base de pérdidas enormes y sombrías,

sin otra razón para sentir buenos deseos.

Duermo junto a la estufa buscando incentivos para mi rabia,

porque mis gritos prenden fuegos para poder sentir

algún calor entre el humo y las llamas.

Sueño con rituales sagrados donde

son ellas las que me hallarán a mí en cambio,

a mi deseado final, mi gran pequeña muerte…

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