octubre 24, 2020


“Mi madre tuvo 15 hijos -contó un tipo-.

Mis hermanos y yo la tenemos en un pedestal. La otra noche mi papá la bajó del pedestal. Ahora vamos a ser 16 hijos”.


“Su carro quedó afinado -le dijo el mecánico a don Algón-. Son 20 mil pesos”.

“¡Sia tonto! -se sobresaltó el señor-. ¿Pero quién lo afinó? ¿Andrea Bocelli?”.


El vendedor de seguros le dijo al cliente que se resistía a comprar uno:

“Piense en lo que hará su esposa cuando usted emprenda el viaje que no tiene retorno”.

Replicó el sujeto:

“Pienso que hará exactamente lo mismo que hace ahora cuando emprendo los viajes que sí tienen retorno”.


Astatrasio Garrajarra, ebrio consuetudinario, regresó a su casa después de una de sus acostumbradas papalinas.

Llegó en horas de la madrugada, todavía poseído por los humos del alcohol.

Trabajosamente se desvistió y se metió en la cama.

Su esposa, entre dormida y despierta, le preguntó:

“¿Sos vos, Tacho?”.

Contestó el temulento:

“Si no soy yo vas a ver la que se va a armar”.


Flordelisia, joven mujer sin ciencia de la vida, y su novio Pitorrango tenían relaciones bastante íntimas.

Un día ella le informó que estaba un poquitito embarazada.

“¡Cómo es posible! -se azoró el muchacho-. ¿Qué no tomaste alguna precaución?”.

“Ninguna” -confesó la chica.

“¿Por qué?” -quiso saber el tribulado novio.

Explicó Flordelisia:

“Es que hace tiempo tuve una experiencia igual, y pensé que había quedado inmunizada”.


Antes de comenzar la misa un grupo de feligreses le pidió al padre Arsilio:

“Por favor, señor cura, háblenos acerca de la crisis económica, de la falta de dinero, de lo mal que se van a poner las cosas”.

“Está bien -accedió el buen sacerdote-. Pero diré el sermón después de la colecta”.


Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, le dijo a su amiga doña Gules:

“Tenés tan poco mundo que estoy segura de que ni siquiera sabés hacer bien el amor”.

“Claro que sé -respondió con enojo doña Gules-. Y si no me lo creés preguntále a tu esposo”.


Uglicia, hay que decirlo, era bastante feíta, y además tenía sangre pesada, como se dice de las personas antipáticas.

Su papá era empresario dineroso, y pensó que entre los muchos empleados de su fábrica podría encontrar a alguno que desposara a Uglicia.

Les dijo:

“Cuando mi hija se case llevará consigo una dote de un millón de pesos para su marido”.

Uno de los trabajadores comentó en voz baja:

“Conozco a la muchacha, y lo que ofrece el jefe no es dote: es indemnización”.


Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, logró por fin que Dulciflor, muchacha ingenua, accediera a ir con él al popular Motel Kamawa.

En la habitación número 210 tuvo lugar el consabido trance.

En medio de la acción Dulciflor le preguntó a su lascivo galán:

“¿Me amás, Afrodisio?”.

“¡Caramba! -se indignó él-. ¿A quién se le ocurre hablar de amor en un momento como éste?”.


Don Chinguetas y su esposa doña Macalota hicieron fumigar su casa, pues tenían problema de termitas.

Por causa de la fumigación debieron pasar la noche en un hotel de la ciudad.

El recepcionista le indicó a don Chinguetas:

“Regístrese, por favor”.

Preguntó él:

“¿También la señora se debe registrar?”.

“No -repuso el de la recepción-. Ella es cliente de años”.


El marqués Otte y el conde Naddo se disputaban el amor de la duquesa Ladda.

Se retaron a duelo.

El desafío fue con pistola a 20 pasos.

Tomó cada uno de los duelistas su respectiva arma y se colocaron los dos espalda con espalda.

En eso llegó a toda velocidad un carruaje.

Del vehículo descendió la duquesa, que fue corriendo hacia los duelistas.

“¡No sean babosos! -les dijo desesperada-. ¡Hay para los dos!”.

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