Han hecho las abejas sus panales en lo más alto de este risco, de modo que ni animales ni hombres pueden llegar hasta ellos.

Colmadas las celdillas, la miel escurre por la peña en dorados chorros que el sol de la mañana hace brillar.

No se pierden las mieles, sin embargo. Aquí nada se pierde. Llegan los colibríes en bandadas y liban el sabrosísimo manjar.

Yo miro el ir y venir de las abejas, veo el venir y el ir del colibrí, y adivino en sus giros el ritmo de la vida.

El viejo don Efrén conoció estos panales cuando niño; los verán otra vez los hijos de mis hijos, y sus hijos.

El instantáneo colibrí y la efímera abeja son eternos. Pequeñitos, en ellos vive toda la eternidad.

Nosotros ahora somos, y luego ya no seremos. No seremos, y luego seremos otra vez.

Aquí nada se pierde. Ni nosotros.

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