Don Chinguetas y doña Macalota asistieron a una fiesta, y el casquivano señor empinó el codo más de lo que aguantaba el resto de su humanidad.

Así, se vio imposibilitado de manejar de vuelta a casa.

Para colmo doña Macalota no llevaba sus lentes, de modo que tampoco podía conducir.

Decidieron entonces pasar la noche en un hotel cercano.

El encargado de la recepción, empero, se negó a admitirlos.

No traían equipaje, les dijo.

Seguramente no eran marido y mujer, y aquel era un hotel decente, no de paso.

«¿Ya ves en qué enredo nos has metido por emborracharte? -le reclamó doña Macalota, exasperada a su marido-. ¡Sos un alcohólico tan irresponsable!».

«¡La culpa la tenés vos, idiota! -rebufó con enojo don Chinguetas-. ¿Por qué no trajiste tus anteojos?».

«¡Bruto!» -le gritó doña Macalota.

«¡Mentecata!» -ripostó don Chinguetas.

«Tengan su llave -les dijo en ese punto el de la recepción-. Ya veo que son casados».


Sor Dina, la ecónoma del convento, acostumbraba hacer una lista de sus pecados al ir a confesarse, pues era al mismo tiempo escrupulosa de conciencia y flaca de memoria.

Una tarde empezó a leer en el confesonario:

«Tres kilos de papas; una caja de galletas; un litro de aceite…».

«¡Santo Dios! -se interrumpió azorada-. ¡Le di mis pecados al hombre que nos surte la despensa!».


Sir Highrump, famoso explorador al servicio de la Real Sociedad Cartográfica, llegó en compañía de su fiel criado Wellen Dowed a una remota isla en los Mares del Sur, donde la mano del hombre blanco jamás había puesto el pie.

Ahí el gran aventurero conoció a una isleña parecida a las que Gauguin inmortalizó con su pincel (usaba varios).

La joven nativa tenía la inocencia del paraíso, de modo que se sorprendió bastante cuando el audaz explorador se presentó ante ella in puris naturabilis, esto es decir sin vestimenta alguna.

Con su candor angélico le preguntó qué era aquello que tenía y que no tenía ella.

«Solamente yo tengo esa parte -le dijo el aventurero-. Ningún otro hombre más que yo la tiene en estas islas ni en otra parte alguna del Imperio de Su Majestad Británica».

Días después la ingenua isleña le reclamó a sir Highrump:

«Me dijiste que nada más vos tenés esa parte, y descubrí que también la tiene Wellen Dowed».

Tosió el explorador y contestó:

«Es que yo tengo dos, y le presté una a Wellen».

Replicó la muchacha:

«Pues sos un idiota. Le prestaste la mejor».


El primogénito de don Usurino Matatías, el hombre más avaro de la comarca, fue a cenar con su novia en restorán.

A la hora de la cuenta le dijo:

«Vos has pagado las últimas diez veces. Vamos a tirar una monedita al aire a ver quién paga ahora».


Un caballero de buen porte acudió a la consulta de un médico y le dijo que de continuo se sentía cansado.

Le preguntó el facultativo:

«¿Qué edad tiene?».

«65 años» -respondió el paciente.

«Es natural entonces -indicó el doctor- que sienta esa fatiga. ¿Tiene actividad sexual?».

«Sí -replicó el hombre-. Cuatro veces al año».

«¿Cuatro veces? -repitió el galeno-. ¿Por qué tan pocas?».

Explicó el visitante:

«En primer lugar no soy casado. En segundo, soy algo tímido con las mujeres. Y en tercer lugar soy obispo de mi iglesia».


Doña Facilisa no salió del lecho esa mañana, pues tenía temperatura.

Su esposo, don Cucoldo, le comentó a un compadre:

«Mi señora está en la cama con 38».

Dijo el otro:

«Todos conocemos los devaneos de la comadrita, pero creo que ahora se pasó de la raya».


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