septiembre 27, 2020

Una actividad tan placentera como es quedarte en tu casa, en ropa cómoda, viendo la TV o escuchando música acaba de ser ensuciada para siempre.

La tradición de añorar durante horas laborales el control de la televisión, la colcha favorita en el sofá que se hunde de confortable o un bote de helado sin culpas en la recámara, se ha esfumado de tajo. El placer se volvió obligación y se fue por el resumidero de los tiempos apocalípticos que vivimos.

Hoy aderezamos el control remoto con gel antibacterial, rociamos de Lysol la colcha que antes sólo era sospechosa de dar calor de hogar y al comer helado nos asalta el temor de si quienes lo prepararon traían tapabocas. Un mar de dudas a cada paso que damos en nuestro hogar, aquel que solía ser un oasis, el lugar donde lamíamos las heridas provocadas por un mundo exterior hostil.

El coronavirus ha hecho del mundo exterior un lugar más hostil, pero nuestra casa ya no es el paraíso. Las conquistas laborales conseguidas en el trabajo, en el hogar encuentran un muro como el de Trump.

La ociosidad de los participantes los lleva a formar bandos: los que están a favor de reactivar la economía vs. los que quieren proteger a la tercera edad.

Los memes van y vienen con una evidente merma en su originalidad. Al parecer el encierro les ha pegado a sus creadores y los ha llevado a producir imágenes y videos menos memorables.

La humanidad está perdiendo el toque entre cuatro paredes. Y a eso habríamos de sumarle que el aburrimiento provoca que mucha gente comparta el mismo meme en repetidas ocasiones.

Para la seriedad sólo nos queda Twitter, sitio en el que nos enfundamos con una bata de doctor y rastreamos soluciones a la pandemia. Hacer búsquedas con las palabras “coronavirus, cura” o “coronavirus, antiviral” se ha vuelto más tradicional que desayunar café con leche, con resultados sin variantes: no hay cura, pero por ahí existe la esperanza de una pócima cubana que el mundo occidental se niega a probar.

El coronavirus ha venido a cambiar rutinas y a proponer un mundo diferente. Naturalmente algunas modificaciones son para mal y otras para bien.

¿Tendrá el ser humano la capacidad de cambiar después de esto o el virus al pozo y el sobreviviente al gozo? ¿El día que aparezca una vacuna volverá todo a la normalidad? ¿Correremos a los brazos del consumo reprimido por meses o nos enfocaremos en lo fundamental?

¿Nos llevará la cuarentena forzosa a estrechar lazos, a considerar trabajar desde la casa ciertos días para no contaminar o a procurar reuniones virtuales en las que las discusiones no puedan llegar a los golpes? ¿Estaremos más al pendiente de nuestra familia, de las tareas de los hijos, de las necesidades de los adultos mayores?

Son incógnitas en un mundo donde la duda es la regla. No sabemos hasta cuándo durará la psicosis viral y los pronósticos son poco alentadores.

Imaginar esta rutina hasta agosto pone a algunos a considerar un salto desde la azotea como algo viable mientras se aferran al Rivotril.

Estamos solos, enfrentados contra nuestra humanidad y sólo nos queda la esperanza de que algo bueno se aprenda de la crisis.

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