El hombre está muerto,

Ese tonto que hacía gasolina del ruido cortante,

El que, aún peor, se repetía durante horas sin decir nada,

Prendiendo fuego con el odio de sus llamas.

El que constantemente se negó a volver a bajar el asiento del inodoro,

Ni jalar la cadena…

A pesar de poner en peligro nuestra salud, a pesar de nuestra solicitud,

Cenizas de él, cuya habilidad especial era hablar solo

Y soltar un peculiar lloriqueo de olor marrón y oscuro.

El hombre está muerto,

Ese mismo hombre que lloró cuando perdió en el otoño,

Pero siguió sentado en su trono, rechazando su derrota.

Hoy cumplimos nuestro deseo, pero esta vez,

Solo ese hombre parece saber exactamente dónde poner las manos.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: