octubre 24, 2020

¡Qué buena gente es mi nogal!

Yo le doy poco -apenas agua, apenas cuidado, apenas amor-, y él todos los años me entrega el generoso regalo de sus nueces, cada una amor, cuidado cada una, sabrosa síntesis de la tierra, del agua y del sol.

A todos los nogales los quiero mucho. Yo los planté. Son como hijos. Pero yo soy como hijo de este nogal.

Estaba ya en el mundo antes de que estuviera yo.

Estaba aquí cuando aún no nacía ninguno de los que están aquí, ni siquiera el viejo Juan, que tiene más de un siglo de existencia.

Le pregunto a don Abundio cuántos años tendrá el árbol. Se queda él pensativo y luego me contesta:

“Unos 10 mil”.

Cuando estoy en la ciudad recuerdo al nogal grande. Me pregunto si él se acordará de mí. Quién sabe.

Pero si los árboles tienen recuerdos -seguramente los tienen, pues cada árbol es toda la vida- yo estaré en los recuerdos del nogal.

Estaré en cada una de sus nueces, con el sol, con el agua, con la tierra.

Se me ocurre ahora pensar que quizá todos estamos en todo.

Quién sabe.

Un pensamiento en “Nogal

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