octubre 20, 2020

Frío durante tanto tiempo, incapaz de hablar.

Sin embargo tu boca parece enmarcada

en un grito y una pregunta ahogada.

¿Quién te puso aquí y te dejó

en esta eternidad solitaria de cenizas y hielo,

y luego volvió a campos de polvo,

iglesias y templos?

¿Fue Dios?, ¿el dios sol de los incas?,

¿el dios imperial de los españoles?

¿O sólo los sacerdotes de ese dios,

auto-elegidos – las voces del volcán,

que hablan una vez cada cien años?

Y me pregunto, con tu imagen ante mi,

¿qué vida pudiste haber vivido,

si hubieras vivido en absoluto?,

¿Cuál compañero, cuál amor?

Para ser quizás no más

que un esclavo de ese amo terrenal:

una jarra de agua en tu hombro,

año tras año atrofiado,

un paquete de cañas y maíz,

astillas para un fuego en un hogar enterrado…

Había furias que alimentar, luego

como ahora: sangre para engordar el sol,

un corazón para que caiga un rayo.

Y ahora las furias caminan por las calles

un enjambre entre la multitud.

Se paran en el podio, hablan

de su venidera ascensión…

A través de toda la deriva y el clamor

has sobrevivido en esta estrecha

y encantada imagen, otra entrada

en la página fechada de un historiador.

Bajo el peso de esta montaña-

una vez un dios, ahora solo una piedra inquieta,

encontramos tu vida interrumpida,

colocado aquí entre los invertebrados

y conchas, desenterradas tan tarde.

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