enero 15, 2021

Ésta es una historia triste. La oí una vez, de niño, y desde entonces me acompaña. Hoy me pidió que la contara.

Mis tías tenían una amiga a quien le decían la Nena. No se casó; no tenía padres ni hermanos. Su única compañía era un perico. El pajarero que se lo vendió le aseguró que el loro era muy hablador.

El hablador era el pajarero: por mucho que la pobre mujer se esforzó no pudo conseguir jamás que el pajarraco dijera lo que ella anhelaba que dijera: Nena.

Un día la señorita se murió. Cuando los hombres de la funeraria iban sacando su cadáver el perico rompió en gritos desesperados: «¡Nena! ¡Nena!».

Mis tías se llevaron el loro a su casa. Ya no volvió a hablar. Ellas le repetían una y otra vez: «Nena… Nena…». Callaba el cotorro; callaba siempre. A los pocos meses se le acabó la vida. Antes de colgar el pico volvió a decir: «¡Nena! ¡Nena!».

Historia triste es ésta. Es la única historia triste que conozco que trata de un perico.

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