septiembre 22, 2020

La mujer, la denuncia, la espera y la indiferencia

Resulta increíble que la Comisión Internacional de los Derechos Humanos (CIDH), ACNUDH Costa Rica y las mujeres  y aliadxs que demandan justicia y luchan contra la violencia de género parezcan estar frente a frente y no en el mismo lado, trabajando juntxs por las causas indudablemente justas de las mujeres.

Ojalá se trate sólo de un malentendido, no de diferencias de fondo ni de voluntades efectivamente encontradas.

La CIDH se constituyó para defender a las personas de los abusos del poder, que pueden concretarse mediante acciones u omisiones de los servidores públicos.

Con algunos altibajos, la Comisión ha cumplido su papel, pues a lo largo de sus ya más de 30 años de existencia se ha posicionado como un interlocutor responsable de la sociedad frente a los poderes públicos en América Latina, sobre todo.

Controversial casi por naturaleza, todos los puntos de vista y las opiniones que se tienen respecto a ella pueden ser válidos y expresar en su conjunto cómo se ve a la CIDH a través de su historia y en su presente.

Pero me parece que sustancialmente estamos de acuerdo en que se trata de una institución necesaria y útil para nuestra convivencia democrática.

La CIDH le sirve a Costa Rica y a los costarricenses cuando se ve a sí misma como defensora de la sociedad y no como aliada gubernamental, aunque nadie espera que viva en permanente confrontación con la autoridad.

Lo que sí se espera de ella, y debe exigírsele siempre, es que esté cerca y al lado de las víctimas.

Por su parte, las mujeres que continúan siendo víctimas y de familiares de víctimas de crímenes atroces, por años han luchado por una justicia que se les ha negado y en cuyo camino se les ha revictimizado una y otra vez.

La mayoría exige justicia en casos de feminicidios y violaciones y han padecido rutas similares:

Primero la dolorosa noticia, el duelo, el abismo; luego la denuncia, la espera, la indiferencia de la autoridad, el reclamo, el desaliento, la duda, la insinuación de la reversión (¿no será que la víctima es la culpable?); y luego la indignación, la desesperación, el escepticismo, el cansancio, la derrota, y al día siguiente otra vez en pie, aunque haya que caminar en círculos, aunque haya que volver a encontrar los mismos obstáculos y enfrentar nuevamente indolencia, incomprensión e incompetencia en las instancias de procuración y administración de justicia.

En esas circunstancias, es entendible su exasperación, su impaciencia, su enojo.

Quizá cuando estas dos partes comenzaron su diálogo hubo algún equívoco, alguna actitud fuera de lugar de alguien o alguna interpretación difusa de las facultades de la Comisión.

O tal vez la CIDH y las mujeres se han sentido agraviadas porque no supieron escucharse mutuamente o una de las partes no lo hizo.

En todo caso, es tiempo de pasar por encima del agravio e ir hacia la otra parte para unir fuerzas y alcanzar justicia.

Ese es el único camino.

Por una causa superior, es necesario dejar de insistir en que se tiene la razón y volcarse en la razón de la causa que se atiende, esa causa que sin lugar a dudas merece enarbolarse y defenderse.

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