septiembre 30, 2020

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En un mundo que constantemente la hace sentir mal sobre su apariencia pero nadie quiere hablar del tema de frente, lo más cruel que se le puede decir a una mujer gorda es que no está gorda.

Su entorno ya es lo suficientemente hostil como para, encima, subestimar su inteligencia. La carga y el estigma están siempre presentes.

Y en una sociedad tan ligera de empatía y nobleza, el ser gorda duele y pesa.

La obesidad puede ser un riesgo según los doctores. Algunos ignorantes –tenían que ser ‘entrenadores personales’- aseguran que la gordura es incluso una ‘decisión’.

Según la gran mayoría de marcas y diseñadores la gordura es antiestética.

Y la gordura también es una industria que genera miles de millones al año: desde pastillas y recetas, hasta cirugías y dietas ‘secretas’.

Pero la verdad más gruesa es que de dichos a hechos la gordura, dependiendo del entorno, puede ser vergonzosa y dolorosa para cualquiera. Y en culturas que alcahuetean al machismo -tanto los hombres como las mujeres- la gordura es especialmente dura para ella.

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La satanización de la gordura, o lo que los gringos llaman fat-shaming, es algo de lo que hemos sido testigo desde que tenemos memoria.

Lo más injusto para una mujer gorda es que nadie quiere oír su opinión sobre el tema a pesar de que todos parecen tener algo qué decir al respecto para “ayudarla a solucionar su problema de salud“.

¿Y por qué nadie la escucha a ella? ¿Por qué es inconveniente aprender sobre los dolores ajenos? ¿Es tan difícil para la vista tolerar los kilos extra?

¿Acaso alguna no puede sentirse cómoda y orgullosa de su peso? Es una batalla sucia.

Y, aunque no lo pidió, le toca ser gladiadora y guerrera. Porque la realidad es simplemente cruel: ser gorda no es fácil. ¡Es una verdadera tortura!

Hay algo qué decir sobre la base de la condición humana cuando a un amplio sector de la población femenina se le condiciona constantemente su necesidad humana de sentirse atractiva y su derecho a ser amada tal y como es únicamente por una cuestión de peso.

No sólo es injusto. Es incorrecto y completamente inaceptable.

La dimensión de su cuerpo bajo lupa de otros no es problema de ella. Es nuestro problema. Son nuestros prejuicios heredados y nuestros miedos infundados.

¡No más!

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¿Alguna vez han besado a una mujer gorda? ¿Han salidos juntos o caminado de la mano? ¿Han sido vistos y fotografiados?

Porque déjenme decirles algo: yo sí. ¡Y mi picha NO se me cayó al suelo! Tampoco se me encogieron las bolas.

La pasé bien. Nos divertimos. Y no se acabó mi mundo. Y tampoco la salvé a ella.

Porque no hay nada de qué salvarla. A la mujer gorda hay que respetarla.

Se comienza con verla a los ojos, conocerla, escucharla, acompañarla… y se termina dando uno cuenta de que en ella hay, más que dolor, un orgullo completamente honesto en su belleza.

Yo quiero celebrar y defender el placer de la redondez, la magnificencia de la abundancia, la generosidad de un terreno blando donde rebotar.

No hay nada mejor que la tibieza de un cuerpo abollonado que se acomoda a otras formas para acogerlas.

Hermosas. Todas. Ellas.

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